‘Adiós, princesa’, de Juan Madrid

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MÁS QUE PALABRAS

Novela negra, como las de antaño, donde el lumpen madrileño protagoniza una corrupta caza de la libertad de prensa, la búsqueda de una verdad maliciosa y el ansia de recuperarse a sí mismo. Nada importa más que cazar al asesino… ¿no estamos de acuerdo? No todos, ¿verdad?

Me gusta mucho que me desconcierten cuando leo. Acostumbrado a las tramas complejas, a no saber por dónde van los tiros hasta casi terminada la novela, que me trastoquen y la simpleza gane la batalla a lo difícil es algo a lo que aspiro cuando cierro un libro. Ha estado ahí durante todo el viaje, llamándome, y yo sin hacer caso a esos gritos. Eso es lo que consideramos, al menos los lectores como un servidor, buena literatura. Y no es fácil conseguirlo.

Considero ya todo un logro llegar a desarrollar una trama, más en novela policial, donde no todo sirve; pero hacerlo sin despeinarse e involucrando a la soberbia lectora para darle en todo el hocico me parece de una profesionalidad bruta. Quizá Juan Madrid no tenía esa intención, ni a la cabeza que le había venido; por con Adiós, princesa me ha descolocado por completo. He cerrado el libro y… ahora, ¿qué?

El negro no siempre tiene trazas de sangre

Siempre hay algún muerto. O eso dicen. Sí hay muertos en Adiós, princesa, pero quizá deberíamos considerarlos meros trámites. Considerar de un género u otro una novela siempre me ha resultado cuan menos agobiante, pues la definición de qué es género negro vaga un poco entre los conceptos que cada uno tenemos, o los gustos y esperanzas que deseamos encontrar entre las páginas de culto.

Desde que leí 1984, del grande entre los grandes, opinión personal, la paranoia del centralismo informativo dentro de la esfera social me viene, una y otra vez, al observar manipulaciones encubiertas, hoy ya secretos a voces, e intereses que van más allá del propio objetivo de narrar la verdad. Creo recordar algo así como el Miniver. Posiblemente, mi mente haya hecho un breve homenaje a ese mundo orwelliano al leer esta novela de Juan Madrid. Referenciar al mundo literario dentro de la trama siempre, a modo íntimo, hace que algunas de mis esperanzas de las que hablábamos antes definan mi pasión por Adiós, princesa.

Para mí la literatura no es sólo un juego del lenguaje, sino una disciplina consagrada a indagar sobre la naturaleza humana y el mundo. En una época en la que los periódicos mienten, al igual que los historiadores, la literatura debe evitar el discurso único. Eso es lo que yo intento hacer.

Juan Delforo

Es innegable el poder que la literatura puede ejercer sobre la denuncia social, independientemente del matiz del tema en cuestión. Siempre he defendido la pluralidad y la originalidad del noir; es más, siempre he sido más aprensivo a leer investigaciones sobre casos en los que el asesino es el culpable. Lo reconozco, soy más de ese vacío social, ese destrozo personal y esa alcohólica desesperación, aunque se lleve a alguien por delante, Y descubrir, por supuesto, que la corruptela del poder está detrás de la desgracia ficticia más que de un charco de sangre con casquillos de 9 mm. En Adiós, princesa es de 0,2 mm más. «Makárov, me llaman».

Siempre con terapia emocional

La trama es importante, de acuerdo. Imaginad un supuesto: una trama fantástica, bien organizada, con los hechos entramados en una perfección a la que le caracteriza la tensión, la intriga y la emoción. Ahora añadimos un desgraciado venido a menos, si es eso posible, adicto al gin-tonic con medio limón exprimido, matón, de sensibilidad dudosa y emocionalmente más despistado que un pulpo en un garaje. Una subida de puntos excepcional a esa trama. Estoy seguro que os ha llamado más la atención la percepción de un servidor sobre Antonio Carpintero que sobre el argumento.

Y es que definir el personaje es primordial. Estamos hablando del lumpen, de los bajos fondos del Madrid «castizo», del barrio de Malasaña, de Lavapiés. Antonio Carpintero lucha contra su pasado, contra su futuro; solo su presente le da tregua mientras bebe un gin-tonic, no siempre como a él le gusta. Sin lujos, sin pretensiones y sin dejar los antros de mala muerte que frecuentaba mientras la corruptela se hacía íntima suya en el turno de noche. Siempre mirando de lado el lujo, no la pasta.

Estaba en territorio extraño. El paseo de la Castellana es la frontera entre mi mundo, Malasaña. Lavapiés, el centro de Madrid, y el otro, el barrio de Salamanca. Pero no podía caminar, de modo que tiré a la derecha y me introduje en el Café Gijón.

Antonio Carpintero

Tiene su sentido. Estamos hablando de un objetivo de denuncia, y no voy a entrar en informaciones sobre altezas y periodistas, bodas, noviazgos y encubrimientos de vidas paralelas. Un personaje digno de su propósito, expolicía corrupto que indaga en las cloacas del Estado. No deben salir a la luz. Aunque cueste la vida; a pesar de quién caiga. «Unos millones y te tapo la boca». O te tapo la boca y me gano unos millones. Siempre hay elección. Vendas a quien vendas.

Novela con sabor. Grande, Juan Madrid

He puesto en conocimiento del lector mis gustos en cuestión de género. Dejémoslo ahí. Adiós, princesa ha supuesto mi descubrimiento de uno de los grandes en esto de la narración ficticia del lumpen nacional. Quiero terminar reiterando en aquello que dije al principio. Me encanta que me descoloquen, más en este tipo de novelas. Juan Madrid impresiona, al menos en la resolución, en la construcción de la narrativa, en la presentación de Carpintero.

En el momento empecé a leer Adiós, princesa supe que no iba a tener velocidad extrema, no iba a desesperarme: iba a cabrearme con un sistema. Juan Madrid ofrece aquello que muchos clásicos como McCoy dieron a sus lectores: una denuncia social sobre aquello que no se ve, que maneja los hilos y que mueve el interés del prójimo. No lo tenemos muy lejos; está ahí. Y sí, hay muertos. Pero ¿no lo estamos ya? Quizá muertos no. Dormidos, posiblemente. Grande, Juan Madrid.