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'Asesinato', de Danielle Collobert
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 27 junio, 2021
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Asesinato es la prosa poética de la muerte en sus diferentes estados. Una magnífica obra de íntima reflexión, de pasajes llenos de sombras que desviven por alcanzar la luz al final de ese laberinto que es la vida. Diferentes visiones, distintas voces, pero solo un sentido. Danielle Collobert deja parte de su alma en unos escritos dignos de lectura de salón en penumbra, sofá cómodo e interior en vilo.


El desasosiego, la intranquilidad. Diferentes lecturas para diferentes escenarios. Muchas veces nos contemplamos como reflejos propios de un espejo dañado, con sus deformidades plasmadas por esas aristas que marcan los pedazos. Somos nosotros mismos desde un prisma ajeno, no reconocible por la mente del que se mira. Cansados, preocupados, ansiosos por ser verdad y mentira al mismo tiempo. La muerte en todas sus facetas. No siempre con un inerte resultado.

Recuerda a Pavese —afirman los expertos; leída la información, corroboro, más bien comprendo la comparación, ya que era lectora fiel—, y el paralelismo en su llegada a la meta fortuita de su vida puede dar puntos de anclaje a ese paralelismo. Danielle Collobert escribe, es cierto. Igual podríamos asegurar que ofrece la muerte en bandeja, bien asesina, bien reclamada a gritos, con y sin sombras. En un espigón vigilado por un mar y un viento embravecidos, o en un balcón con cuatro seres que te arrebatan tu espacio. Asesinato, al fin y al cabo.

Comienza poco a poco el abandono. Uno no muere solo, lo matan, por rutina, por imposibilidad, obedeciendo a su inspiración. Si todo el tiempo he hablado de asesinato, a veces de forma velada, es debido a eso, a esa manera de matar.

Esa manera de matar

Sería matar sin sentido leer Asesinato al ritmo del vaivén de un vagón de metro; o en los bruscos movimientos de un autobús. No, querido lector. La muerte es algo mucho más intenso, con ese olor que persigue y que impregna todo lo que el ojo, en este lado de la cerradura, observa; el ojo exterior les posee, quizá como meros espectadores de un final variado, íntimo, pensado. Sí, pensado. Porque hablamos de un intranquilo final, aún no sabemos si nuestro, de uno de los narradores —él o ella, o nosotros y ellos—, pero que intenta llegar a ese (desa)sosiego. Una lectura de evasión, sin vientos ni mares ni puertas que son la esencia de mantenerse vivo.

'Asesinato', de Danielle Collobert y publicado por La Navaja Suiza, donde el desasosiego y la intranquilidad son el vehículo hacia una reflexión sobre la muerte.

Suena a locura, es cierto. Collobert no intenta narrar, sino desnudarse —desnudarnos, más bien— a través de una poesía escrita en profunda prosa. Sabemos qué ocurre, sabemos que mata, o matan, o le matan. Sabemos que sufre, o sufren —sufrimos nadando en esa introspección que nos inculca en sus páginas—. Estamos en el mar de Collobert, a la deriva, sin saber qué depara nuestra existencia o si seremos capaces de mantenernos a flote. Si asesinamos, nos quitan la vida, o nos apagamos, hundiéndonos, suicidándonos.

Tú quieres ir deprisa. Te dejas llevar, raptar, asesinar. Y yo, en el mundo que leva anclas detrás de mí, solo después tendré la fuerza para retenerte, después tan solo, tras los demás – perdóname – cuando me hayan enseñado cómo detener un trozo de tierra arrancado por el viento – un hombre acabado, fracasado, una sombra, un canto, un último canto – todo un mundo desconcertado, que se marcha desde el segundo muelle, hacia el mar.

Al final del laberinto

En el momento empezamos a leer Asesinato nos adentramos en un laberinto de imágenes y de sombras, de inquietudes y fracasos, de rechazo a nuestra existencia e incomprensión degenerativa. Pero esa negatividad da luz a una magnífica reflexión poética, casi placentera, olvidándonos de la oscuridad reflejada en esas paredes que delimitan el laberinto. Hablamos de narradores impersonales al mismo tiempo que definidos en tiempo y persona.

Es lectura de evasión, de remordimientos y de aceptación. De entender nuestro papel en la vida, sea en París —sí, podemos cruzar el Sena en persecución de un posible «yo» en una visión aterradora de qué somos— o en una costa de mar furioso dispuesto a abrazarnos. La muerte como protagonista se acerca a susurrarnos al oído sin que podamos entender, al menos al principio, esa melancólica canción de cuna que nos aletarga y hace que nos dejemos llevar. Es poesía pura; matamos, nos matan, o morimos conscientemente.

A veces me levanto con la sensación ligera de la decisión. Voy hacia la entrada del laberinto que desde hace mucho tiempo me parece dulce y buena para mí. Cuando ya solo queda dar un paso para salir definitivamente de este mundo, entrar en ese camino imprevisible, y quizá por fin salir o perderse para siempre, me tenso de pronto, retrocedo. Una vez más, es demasiado pronto. Sin embargo, un día franquearé el umbral del laberinto, pero ¿hacia qué?

Hacia qué. Ese laberinto nos atrapa en un dulce viaje a través de Asesinato, como asegura la indecisión de salir de él. Miedo a lo desconocido, a dar ese paso, o a que nos obliguen a darlo. Pesadez de conciencia, de visión de la vida errónea, de vivir en un oscuro pasadizo en el que perseguimos a una ancianita, con un número azul en el antebrazo y a la que ellos no observan, ni nos observan, ni observan nuestro parecido.


Con esa voluntad de hallar, de ir hasta el final, de no escatimar, tuvo que desgarrarse él mismo, intensamente. Puede que ya nunca tenga la fuerza para volver a empezar. Es un riesgo demasiado grande. Seguramente uno se juega la vida. No es para tomarlo a la ligera. Y cuando el juego termina, el fin del tormento, y la calma vuelve de nuevo, uno no está seguro de no haber, en realidad, perdido todo.

El final: «Marcharme»

Estamos ya acostumbrados, hablo por mí, aunque generalice, a que se nos sorprenda con ciertas narrativas inéditas, extrañas, de salón en penumbra y sillón cómodo. Leer sobre la muerte, sobre el suicidio o sobre un final indeciso puede resultar, como decía al principio, propicio al desasosiego. No es el caso de Asesinato. No, al menos, en el sentido estricto del término. Tristeza, oscuridad, sombras, pero todas ellas con plena dulzura poética, casi amarga, con una directa cuchillada a lo más íntimo.

Hablamos de la muerte, del fin, de la (in)consciente negatividad del pensamiento humano ante la vida, ante nuestra propia existencia y su irremediable conformismo del fracaso como ser humano. Danielle Collobert se suicidó, es cierto, con apenas 38 años. Escribió poesía, pequeños escritos, algunos aparecen en este libro. Tristeza que abandonara el laberinto tan joven, dejando una muestra de esa oscuridad, de ese mar embravecido y de ese viento capaz de arrancar un trozo de tierra. Es nuestro trozo de tierra. Antes de marcharse, Collobert me hizo entrega de ese trocito de tierra, tesoro y recuerdo de ese laberinto: Asesinato.

Cada día, una nueva porción, una porción minúscula de mí, se desgasta. Sé que ya no puedo hacer nada. Tengo frío. Una mañana tendría que rechazar el cansancio del día, todo el cansancio de los días por venir. Marcharme.

Libro publicado por La Navaja Suiza

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