‘Decirse adiós’, de Marcello Fois

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MÁS QUE PALABRAS

«Lo más importante de decir adiós es cómo decirse adiós». La literatura de Marcello Fois saluda enérgicamente a esa despedida difícil, para asegurar, después, un tortuoso viaje hacia saber cómo despedir aquello que se aferra al interior de uno mismo. Decirse adiós no es más que adentrarse en un magnífico renacimiento.

Decirse adiós, de Marcello Fois, una gran 'noir' publicada por Hoja de Lata

Ir más allá del simple noir es arduo y costoso. No es casual que Marcello Fois integrara la esencia ―o una de las esencias― de Decirse adiós en palabras críticas cinematográficas. «Todo lo que uno dice sobre Persona puede ser contradicho; lo contrario también será cierto», decía Peter Cowie sobre la maestría de Ingmar Bergman hecha película. Quizá una sentencia lapidaria que constituye el inicio y el fin de una de las grandes maravillas de las plumas europeas.

Tampoco es coincidencia que Whitman abra la mente del lector con sus Hojas de hierba, introduciéndole a un mundo interior del ser humano. Los inicios son duros, poco claros, pero resultan más dulces si las notas de color, ese azucarillo que quita el amargo sabor de la incomprensión, aparecen para darnos confianza en aquello que creemos que no sabemos. No es más que una novela negra, es cierto, pero sacia como un menú completo de la mejor pizzería de Bolzano.

Tierra

La tierra. La seguridad por donde pisamos, día tras día. La confianza de sabernos en el aquí y ahora. Decirse adiós pisa fuerte y segura en ese frío invierno, en esas calles en las que la nieve ha dejado paso a una fina capa de hielo que hace que el ser humano sea tan vulnerable. Marcello Fois no inventa un escenario de tierra seca, dura, pedregosa. La tierra que pisa Sergio es húmeda, traicionera, y en ella ha de buscar el culpable. O los culpables.

Fingir que el pasado forma parte definitivamente del pasado significa no tener la más mínima idea de lo que es la historia.

La tierra es ese escenario que creemos seguro, en el que afianzamos nuestra manera de vivir y de ser. Para ello, se necesita un conocimiento sólido del terreno que pisamos, de aquello que necesitamos nuestro. En Decirse adiós, la tierra en la que se basa ese crimen no es firme. Necesita de compactación, esa que se observa en la construcción de unos personajes dolientes, punzantes como rocas de acantilado, y que entran en el interior más profundo de aquel que les tiende la mano.

Fuego

Purifica, eso dicen. O elimina pruebas. No se puede quemar el miedo de saber con certeza quién eres. Los diálogos edificados a partir de unas simples miradas son llamaradas que el propio destino ―o la propia pluma― ha querido interponer entre los personajes y el lector. Al igual que la llama de una vela ofrece calor cuando una mano intenta acariciarla y quema si mantienes la obsesión de retenerla, Marcello Fois, con sus diálogos, incendia una narrativa directa, perfecta, renovadora.

La esencia del fuego es, además, destruir. Jugamos con los dados ajados sobre un tablero inestable emocionalmente. El pasado no es definitivamente parte de él, solo forma parte de nosotros. Decirse adiós es complicado mientras ardes en la hoguera de la inseguridad, del miedo, de la fobia. Es una manera de arder, de destruir, de renacer. Pero el informe sobre el crimen sigue estando encima del escritorio de Sergio.

Agua

Río. Lluvia. Nieve. Hielo. Todo lo opuesto al fuego. Recordemos esas señales simétricas en las cuatro paredes de la habitación. ¿Puntos cardinales? Elementos básicos de una brújula, la brújula de encontrarnos, de encontrar el punto de partida, o de llegada. La ropa mojada hace que todo lo que llevamos en los bolsillos pese más que la propia vida.

Decía al principio que la literatura de Fois iniciaba un viaje tortuoso, arduo. Ahogarse en uno mismo implica dejar de dar brazadas, de abandonar toda lucha por salir a la superficie, de esclarecer aquello que ha convenido convertirse en delito. Llegados a este punto, Marcello Fois es quien maneja esa brújula, es quien sostiene la cuerda de salvación. Es quien manda. Quien tiene la llave. Lo sabe. Sabe de nuestro miedo. Sabe que es Bergman.

Aire

El peligro inminente. Eolo puede barrer, hacer volar todo aquello que sobra, que se interpone entre su verdad y la verdad en sí misma. No hablamos de indicios aclaratorios, de la luz al final de túnel, de la prueba final inculpatoria. Sí. Hay un crimen por resolver, no nos olvidamos. Pero hay muchos crímenes.

En el reino del aire la consciencia tiene la misma furia que las rebabas de viento que golpean a ciegas, como flechas lanzadas sin mirar.

Esa misma furia que pone en peligro la fragilidad de nuestra integridad, de romper la coraza que protege ese miedo a ser nosotros mismos y a Decirse adiós. Para poder despedirte, primero debes ser consciente de aquello de lo que necesitas despedirte. Y entonces, el reino del viento sopla con fuerza y echa abajo el telón, poniendo sobre el escenario el verdadero crimen: ser o no capaz de decir ese adiós sin perder el valor de la palabra.

A modo de despedida

Reconozco que me he dejado llevar. Decirse adiós me ha devuelto la fe en la buena lectura ―literatura buena, mucha― y observar en el espejo a ese lector que llevamos dentro. No son solo las buenas formas, las caricias y los cachetes a mano abierta que cada uno de los personajes te ofrecen, la dinámica y perfecta narración. Marcello Fois es más que un buen ejemplo de lo que hay que hacer cuando se escribe literatura.

Maestro de la pluma, Decirse adiós es complicado. La inseguridad de ser quien eres, de despedir a un padre, a una madre, a tu miedo a la condición sexual que aborreces y que vives. Al amor. A grandes rasgos, y a modo de despedida, nos demuestra que lo difícil es saber despedirse de un buen libro. Decir adiós es complicado; despedirse de un libro es imposible, más si Marcello Fois lo firma.

Libro publicado por Hoja de Lata