‘Dendritas’, de Kallia Papadaki

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MÁS QUE PALABRAS

Con una ironía inteligente, Papadaki sabe mostrar con palabras la vida misma, llevando a la ficción a convertirse en el fuero interno de uno mismo, convirtiendo una historia, Dendritas, en literatura de verdad. La nieve, a veces, es bonita. Pero no olvidemos que es sinónimo de frío.

Dendritas, de Kallia Papadaki, novedad en el catálogo para este otoño 2020 de Automática editorial

Es casi medianoche. Aquí estoy, solo ante un sinfín de letras en un teclado que me permite, la mayoría de las veces, soñar con historias de las que desearía formar parte. Las menos, quisiera recordar por qué siento la nostalgia de haber terminado algo que resulta tan lejano pero que queda, sin necesitarlo, menos aún sin quererlo, clavado dentro. Los libros, queridos lectores, mandan sobre nosotros. Los autores lo saben, qué crueles dirán algunos; qué grandes, en mi opinión, querida Kallia Papadaki. Qué grandes.

Voy a hablar de fracaso, de esos que te destruyen para poder replantearte el destino mudándote a Vermont. O para querer regresar a la Grecia patria, esa que ya no está en guerra pero que se tambalea a los ojos externos. Voy a hablar de raíces, trasplantadas de tiesto y que buscan el sustrato para poder afianzar, aunque sea, una tienda de remiendos o un dinner de poca monta. Voy a hablar de sueños, futuros pero inciertos, sin dejar atrás los pasados, con olor a campo y a comida de la abuela. Sueños americanos, en fin, nos lo vendieron bien.

Un nuevo comienzo

Todo comienza con un sueño. Difícil convertirlo en narrativa propia. Dendritas es un sueño frío, de los que hielan el ánimo de quien quiere calentarse a fuego lento ante aquello que muchos llaman hogar. Es un invierno en Camden, viendo como las lumbres de la hermana vecina ensombrecen las ascuas del futuro. Dendritas es esa noche gélida en pleno verano, cuyo calor se escapa entre los dedos de una venta personal para conseguir la supervivencia en unas calles antaño fructíferas, hoy convertidas en pobreza, whisky adulterado y bajo mano, lumpen ítalo-irlandés y amores de conveniencia. El ansiado sueño americano.

Y cuando alguien traspasaba la frontera de su barrio y se encaminaba hacia el río Delaware o hacia el noroeste de la ciudad era porque por fin las cosas le iban bien, había conseguido levantar un techo sobre su cabeza y juntar unos dólares en el bolsillo, ya que el sueño americano era, y seguía siendo, sobre todo, una lengua común que aplacaba a los dioses, adormecía a los demonios y agasajaba con regalos y obsequios a todos sus bastardos.

Dioses, demonios y bastardos. Papadaki retrata una historia cruda. Tres generaciones de sueños individualizados en los que el papel de dios, demonio y bastardo se intercambian, porque los sueños son el inconsciente personal, tienen vida propia y el destino es un aliado muy potente, que tiene prisa por deshacerse de los inconvenientes del emigrante y reunirlos en barriadas limitadas por la dureza de la vida. Dendritas es el sueño, el inconsciente, el dios y el bastardo. Dendritas es todo.

Una nueva esperanza

Dendritas es la esperanza del que añora todo lo olvidado tras de sí a su paso por la vida. Es el sufrimiento de la huida para olvidar ese sufrimiento y poder retroceder en el espacio para recordar aquello que dejaron atrás. Dendritas es el querer amar lo que dejaron de amar un día, al menos temporalmente, y mantenerse firme en un tiesto en el que sus raíces se pudren cuando les vendieron que tendrían alimento y sustrato de sobra. Es quererse a sí mismo y no morir en el intento, superarse día a día… Es una nueva esperanza.

… que tiene intención de dejarlo todo para volver a la patria de su padre, y el dinero que ha sacado piensa invertirlo todo en la isla, apuntalar las ruinas, construir una casa y formar una familia; […] y las cosas están cambiando en Grecia, pronto tendrán una persona amiga en el Gobierno, crecida en Estados Unidos, demócrata y recta, y saldrá un nuevo sol, más verde y esperanzador que nunca.

Siempre he escuchado que la esperanza es lo último que se pierde. Sueños, esperanzas… mientras se lucha por que las generaciones venideras tengan un futuro, si no mejor, al menos cierto, sin hacer recados para la familia Mecca o beber whisky adulterado a escondidas. Dendritas es ese hielo que se derrite, dando paso a la tierra embarrada de la madurez, de la nueva vida, esa que se queda huérfana y acompaña al matrimonio de segundas porque aún no ha perdido ese sueño americano que su padre vino a buscar.

Tercera generación

Dendritas es una historia de amor. Un amor condicionado, pero real. Dendritas es el paso de la niñez a la madurez de forma cruda, de barrios limitados y falta de atención. Es la generación de un cambio, de un desapego por las raíces que los soñadores tanto empeño pusieron en mantener sanas. Es la dificultad de una sociedad que no encuentra su lugar, de la familia que se desestructura porque han soñado demasiado, que se queda huérfana embobada por entender quién mató a quién, y por qué.

Porque no hay mayor dolor que el que inflige la familia, y cuanto más cercana, mayor es la crueldad con que te marca, y Pete, su hermano mayor, el 3 de septiembre, levantó la escopeta de aire comprimido y le acertó en el hombre izquierdo, y Minnie soltó un chillido que puso en pie al vecindario, él se reía y le pedía perdón, le decía que había sido sin querer, que no había sido a propósito, que uno comete errores, es humano, y a Minnie se le habían puesto los ojos como ojales por el dolor, turbios de lágrimas, y entonces supo de verdad que la madre había matado a J. R.

Dendritas es ese J. R., es esa madre y esa escopeta de aire comprimido. Es una vida de altibajos emocionales, de bebés que no son deseados, de orígenes tatuados con el Dago go home que harán que la tercera sea la primera de un nuevo sol, desvinculada de cualquier historia pasada pero sin perder el afecto, el amor verdadero de una hija adoptada y de un hijo que sigue visitando a su padre, el original, en ese geriátrico de mala muerte, viendo cómo el párkinson le roba todo sueño, toda raíz, toda esperanza, de las que ya no se acuerda.

Dendritas es literatura

Pensé que Dendritas me helaría el pensamiento. Una menos cuarto de la madrugada y siento que Kallia Papadaki me ha ofrecido ese sueño, esa esperanza. Tenso, duro, veloz, pero al mismo tiempo suave, intenso, propio. Con una ironía inteligente, Papadaki sabe mostrar con palabras la vida misma, llevando a la ficción a convertirse en el fuero interno de uno mismo, convirtiendo una historia en literatura de verdad. La nieve, a veces, es bonita. Pero no olvidemos que es sinónimo de frío.

Gladys corre a cerrar la ventana, que se ha quedado abierta y por la que entra corriente, pero no se cierra, se ha empeñado en no cerrarse, las bisagras son viejas, los tornillos y las tuercas se han aflojado, la madera ha arqueado, y fuera nieva, ahora nieva también dentro, nieva mucho, y, por mucho que Gladys se esfuerce, dentro de poco la nieve los habrá cubierto a todos.

Libro publicado por Automática editorial