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'La desaparición de Adèle Bedeau', de Graeme Macrae Burnet
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 4 octubre, 2021
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La desaparición de Adèle Bedeau es más que una narrativa de bruma alpina y parroquiana asistencia a un restaurante de rutina. Es más que la investigación de un caso oscuro como el propio detective y desdichado como el tal Manfred. Macrae Burnet tienta con cierta osadía la interiorización del ser anodino, invisible y desdichado a través del día a día, del pasar de la vida y de la conciencia perturbada.


La desaparición de Adèle Bedeau, de Graeme Macrae Burnet, publicada por Impedimenta

Es su primera novela. Un plan sangriento fue merecedor del podio del Man Booker Price, ganador si acaso para muchos lectores —me incluyo, por supuesto—. Era grande en altura la expectativa que esta primera novela suscitaba en mí como lector. ¡Qué osadía, por Dios, pensar que la cumpliría! Garganta que se traga las palabras, las especulaciones y las osadías. La desaparición de Adèle Bedeau no solo desmonta mis expectativas, sino que hace que me quite ese sombrero que no uso y aplauda con fuerza.

Empiezo con un detalle que me gustó de Manfred. «Algún día él también escribiría un libro que escandalizaría a la sociedad y que sería tozudamente malinterpretado hasta que el tiempo acabase dándole la razón». Posiblemente, más allá de la intención de que la chica del vestido amarillo se quedara a su lado exista un paralelismo que yo, como lector, asigno y delimito. Todo en esta desaparición es una malinterpretación que termina «por una razón». Pero magnífica, todo debe señalarse.

Un personaje «a lo Zola»

La desaparición de Adèle Bedeau es la caracterización del propio personaje: Manfred Baumann. Es cierto, existe tal desaparición. Pero ¿sería lo mismo sin ese internamiento en la personalidad de aquel que se debate entre la existencia y la culpa? Ese libro al que me refería —al que se refería, mejor dicho— en el párrafo anterior es un homenaje a la lectura de uno de los grandes: Zola. Para que entendamos bien el eje de la desaparición:

La descripción que Zola hacía de sus personajes, atrapados por su temperamento y desprovistos de libre albedrío, fue como una liberación para Manfred. Le quitó una pesada carga de encima. Él también era prisionero de las fuerzas que lo habían moldeado: la naturaleza torpe e insociable con la que incomodaba a todo el mundo; su deplorable posición como impostor en el hogar de sus abuelos…

No necesitamos más. Macrae Burnet utiliza esa literatura de misterios con toques de lo clásico para cubrir de bruma el sentido más humano del decaimiento, de la pobreza interior y el conflicto personal. No solo nuestro insulso Manfred adorna ese eje. Es cuando uno termina de leer La desaparición de Adèle Bedeau cuando vislumbra esos callejones llenos de miseria y de antros como Le Pot sin necesidad de viajar hasta Estrasburgo y tomarse un trago alquilado en una habitación.

Los callejones de Gorski

Es curioso, ingrediente que admiro en un escritor, cómo el simple argumento principal se viste de astucia, detalle y significado sin apenas resaltar. Decíamos que no solo Manfred alumbraba la calle principal. Un inquieto y exasperante detective comparte farolas y antros de alcohol. Motivos no le faltan: de novato, se la cuelan; de mayor, está por colarla él, aunque los dos antagonistas pasean de la mano por la línea del oscuro horizonte.

Gorski tenía pavor al pase de Céline, un ritual por el que tenía que pasar dos veces al año y al que era impensable no asistir. Su esposa contaba con él para que confraternizara con los invitados e hiciese gala de los exquisitos modales que ella le había enseñado.
Imagende la portada de 'La desaparición de Adèle Bedeau' publicada por Impedimenta

Una paralela travesía de dos personajes que decaen, que se tuercen en esa evolución de la vida y que detestan. En palabras de la mujer de Gorski, «que solo sea un policía no significa que no pueda vestirse como Dios manda». Que seas torpe, insociable e incómodo ante la sociedad no significa que estés libre de sospecha, que no cometas un delito, aunque solo sea por existir y no ser un hombre como Dios manda. Es magia lo que hace Macrae Burnet con su escritura. Es excepcional. Y mientras, la pobre Adèle desaparecida.

El remate del «anodino» epílogo

Siempre hay un inicio y un final. La narración que no necesita marcar el territorio argumental es de todo menos anodina. ‘Anodino, -a’, según la Real Academia de la Lengua Española en su primera acepción, designa algo «que es insustancial o que carece de interés o importancia». Ahora quisiera remarcar un pasaje del inicio de La desaparición de Adèle Bedeau, si me lo permitís, ya que solo queda localizar la escena —ese pequeño pueblo llamado Saint-Louis—:

El centro del pueblo, en la medida en que puede decirse que Saint-Louis dispone de algo parecido, es una miscelánea de anodinos edificios de posguerra salpicada de unas pocas construcciones más tradicionales que han sobrevivido al paso del tiempo y a los proyectos urbanísticos. Los carteles de los comercios están desgastados, y las exposiciones de los escaparates resultan de todo menos atractivas, como si sus propietarios hubiesen renunciado a la idea de atraer clientes de paso. La palabra que con más frecuencia se le viene a la cabeza a los viajeros que ponen un pie en el pueblo, si es que llegan a reparar en él, es “anodino”. Saint-Louis es anodino.

Querido lector. Quizá este artículo resulte anodino, no lo discuto. Sí es cierto que esta primera obra de Graeme Macrae Burnet tiene de todo menos el ser anodina. La clase en la construcción de sus personajes, la maestría en saltar a lo más profundo del decadente recuerdo del ser humano, la desgracia de existir en cada paseo por la rue de Mulhouse y la intriga de la clásica bruma de la novela de misterio. Sí, querido lector, no solo hay delito —personal—. Solo Macrae Burnet es capaz de epilogar con un supuesto autor real de la novela. Les invito a comprobar si es anodino. Ahí es nada. Y la pobre Adèle desaparecida.

Libro publicado por Editorial Impedimenta

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