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'Días de hambre y miseria', de Neel Doff
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 9 octubre, 2021
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Días de hambre y miseria recorre una infancia difícil, una adolescencia de lucha y una madurez de derrota sin escrúpulos. Una batalla contra un destino a veces provocado por el hastío, el cansancio y la vergüenza. Neel Doff aboga por una literatura de amargura infinita con pizca de inocencia, valores, humanidad y odio sin conciencia. Narrativa fácil, lectura dura y que deja marca.


Sentir la tristeza y el desasosiego mientras se lee es vivir a fondo una situación que no es tuya, pero que terminas haciéndola propia. Te imaginas en un sótano maloliente, húmedo y lleno de habitantes mejor adaptados que tú, y piensas que la vida es más de lo que te mereces. Te aferras a ella si quieres continuar respirando. Es difícil plasmar ese cúmulo de ansiedades y penurias en una obra literaria. Quizá muchos piensen que lo consiguen; es realmente complicado. No para Neel Doff.

Javier Vela, traductor de esta edición de Días de hambre y miseria, ha tenido mucho que ver. Conoce el lector, conoce a la autora, sus propios días de hambre y de extrema pobreza. Sabe de sus éxodos y de su vida intentando que todo ello termine. Y nos lo está contando a través de sus palabras. Neel Doff es sencilla a la hora de narrar, roza la musicalidad de tono dramático. En su primera obra ofrece un concierto digno de cualquier hall. Comienza la obertura.

Viviéndolo en primera persona

'Días de hambre y miseria', de Neel Doff, primera novela de la escritora rescatada por Firmamento Editores.

Curiosa la manera de vestir con toques autobiográficos una narrativa tan directa. Nuestra querida Keetje, esa niña de nueve años que se mueve entre la inocencia de la infancia y la crudeza de la madurez prematura, es la encargada de todo lo que le ocurre al lector. ¿Doff o Oldema? El título familiar no importa; todo es frío, humillante, triste. Y, sin embargo, la conciencia esperanzadora sigue aguardándole al final del camino.

Cuando se fueron, me pregunté cuál era exactamente esa diferencia y de dónde procedía, y desde ese día, tratando de ser honesta, me persuadí a mí misma de que los ricos estaban hechos de una materia más valiosa que nosotros, los pobres. Me convencía de ello al oírlos hablar, y sobre todo al verlos reír; ellos eran capaces de expresar lo que yo solo sentía.

Un convencimiento y una madurez extrema para una niña de, por aquel entonces, diez u once años. Ya la conciencia de clases de la época hacía mella en la visión de la vida, dura como una roca e injusta como solo sus padres sabían. Párrafo a párrafo, el lector se introduce en un mundo de desgracia, de desesperación, de enfermedad y locura provocadas por el hecho de no llevarse ni una monda de patata a la boca —algunos días tenían la suerte de compartir alguna entre todos los miembros de la familia—. Pero debemos fijar parte de nuestros sentidos en otro aspecto importante.

«Sobre todo al verlos reír». Nuestra protagonista dejó de reír, incluso llegada la madurez, aún tenía la capacidad de estar llorando durante horas. Esa calidez al hablarnos de la desgracia más grande, esa inocencia que se niega a perder. No quiso abandonar, ni abandonarse. Y uno de los propósitos de Días de hambre y miseria es que sepamos que nunca quiso hacerlo. Nos habla de tú a tú, sin perder la compostura, directamente, de manera sencilla. Somos parte de su vida. Tan cercana es esta escritura.

La familia, y unos padres

Perdieron la fe en ellos mismos. Una de las lecciones que muestra Doff en Días de hambre y miseria es que la fe en uno mismo es lo último que debe perderse. Nuestra protagonista vive en sus propias carnes cómo sus progenitores se abandonan, pierden la esperanza y las ganas de continuar. El trastorno y el cambio hacen que Keejte sea quien decida, quien tome el mando. La fuerza descomunal que nos presenta día a día es para enmarcar. Ella tiene fe en sí misma.

Fragmento de 'Días de hambre y miseria', de Neel Doff, primera novela de la escritora neerlandesa rescatada por Firmamento Editores con esta traducción de Javier Vela.

Ante fragmentos como este, uno no puede más que pensar en ese destino de infelicidad que le aguarda, si será capaz de mantener esa inocencia dulce, aunque no sean dignos merecedores de un simple trozo de pan rancio; aunque solo sean despojos a los que humillar. El alcohol y las pretensiones de sus progenitores, armas blancas como la nieve, ahondan en la desesperación de unos Días de hambre y miseria que se clavan en el interior de uno mismo. No quiero entrar en detalles de sufrimientos irracionales ni actos de bajeza en la autoestima. Pero Doff sabía que esta primera novela debía ser escrita.

La simplicidad con que mis padres se adaptaban a esta situación me hacía experimentar hacia ellos una aversión que aumentaba día a día. Habían llegado a olvidar que yo, el polluelo más bello de la nidada, me vendía cada noche a los transeúntes. Sin duda, no había otro medio para no morir de hambre, pero me resistía a aceptar que ese medio fuera aceptado sin la rabia y las imprecaciones con que yo, día y noche, me sacudía a mí misma, enfurecida.

Realismo en una novela

Es mejor consumirla en bocados pequeños. Una obra como Días de hambre y miseria es dura de digerir a pesar de la sencillez narrativa y de su mezcla de dulce música y directa crueldad. Muchas veces pensamos que no seremos capaces de soportarlo, la lectura es para disfrutarla. No es excluyente, a mi parecer. Neel Doff ofrece realismo, aquello que todos sabemos de su existencia, algunos de propia experiencia. Es literatura, sí, es cierto.

Una lección de vida. Una imagen de lucha y rabia, de tristeza y encanto. De miseria, de hambre y de humillantes desgracias. Todo ello narrado como la vida misma, al alcance de cualquier ser humano que se precie a apreciar la vida. Una obra literaria de grandes dimensiones que, sin pretenderlo, puede rebelarse contra su destino. En aquella época hubiera sido un escándalo. Ese era su cometido, por cierto. ¿No? Es, sencillamente, magnífica.

Era demasiado joven para entender que, en ellos, la miseria había logrado culminar su obra, mientras que yo poseía toda mi juventud y mi energía para rebelarme contra el destino.

Libro publicado por Firmamento Editores

Un convencimiento y una madurez extrema para una niña de, por aquel entonces, diez u once años. Ya la conciencia de clases de la época hacía mella en la visión de la vida, dura como una roca e injusta como solo sus padres sabían. Párrafo a párrafo, el lector se introduce en un mundo de desgracia, de desesperación, de enfermedad y locura provocadas por el hecho de no llevarse ni una monda de patata a la boca —algunos días tenían la suerte de compartir alguna entre todos los miembros de la familia—. Pero debemos fijar parte de nuestros sentidos en otro aspecto importante.

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