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'Días, meses, años', de Yan Lianke
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA BREVE en 5 febrero, 2021
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Días, meses, años es lo que perdurará en la memoria este dramático y extraordinario relato de Yan Lianke. Una lucha desesperada por mantener la fe en aquello que más se quiere. Un descubrimiento del valor de la constancia, la fortaleza, el amor y la amistad. Una narrativa breve con una carga poética que destroza el corazón para coserlo con fina y precisa cirugía.


Días, meses, años, de Yan Lianke. Una lección de vida con la exquisitez de la literatura. De Automática Editorial

Sigo pensando en la pasada noche, cuando leí «sobre la tierra marrón de siete parcelas no adyacentes plantaron siete tallos de maíz, de un verde oleaginoso, que se elevaban enhiestos bajo los rayos incansables y penetrantes del sol». Cerré los ojos y me dibujé en una parcela a ocho li y medio de distancia de mi cama. Una lágrima cayó entonces por mi mejilla hasta pararse en la comisura de mi boca; «salada», me dije. Pero no soy un anciano; después de finalizar Días, meses, años entendí que ese era el motivo de mi tristeza.

En aquel instante lo recorrió un escalofrío. Fue consciente de que en la aldea y en aquella parte de la sierra no quedaba nadie más que él, con sus setenta y dos años. El corazón se le vació de pronto y en su cuerpo arraigaron, como otoño sobrevenido, una desolación y una quietud sepulcrales.

DÍAS, MESES, AÑOS

Esencial la lectura de esta narración para comprender el sentido de estas palabras. Entendemos el sentimiento que aflora desde el interior de uno mismo cuando el mensaje de un libro —qué decir si es de Yan Lianke, demostrado me quedó con La muerte del sol— va cargado de íntimas historias. La literatura de Lianke hace que todos esos entendimientos, toda esa comprensión, cobre sentido. Quizá es complicado explicarlo. Sigo pensando en la pasada noche.

La soledad

Sí. Se queda solo. Solo ante la muerte; ante la vida; esperando la noche. Nada más empezar el trayecto te das cuenta de que va a ser duro. Con aires ocres en la mente comienzas a pensar en esa soledad que, decorada con naturaleza muerta llena de poética tristeza, abraza las páginas de Días, meses, años. Poco a poco te acercas a ese anciano y a su perro Ciego; algo te impide dejarle solo bajo esos rayos de sol que queman hasta la cordura. Es como si Lianke te preparara una cama hecha de hojas secas sobre una esterilla y sucumbieras a un sueño inquieto y profundo.

Ese sentimiento de soledad no te abandona; qué irónico. Vas entendiendo de qué se alimenta ese sentimiento. Me paro a pensar —ahora mismo, mientras escribo estas líneas— el porqué de esta soledad en una exquisita narración como la que tenemos entre manos. La belleza, no encuentro otra explicación. La belleza de saber describirla para entenderla, para observar que esa soledad va acompañada de otras virtudes mucho más placenteras al alma humana y que, al fin y al cabo, ese sol abrasador las ciega. Es vivir en la noche, como Ciego. Esperando el incierto mañana.

El anciano observó el sol rojo sangre, cada vez más fino, y escuchó el sonido de sus rayos alejándose, como un manto de seda granate que se va recogiendo lentamente. Reunió los restos molidos del maíz y pensó: Otro día que acaba. ¿Qué vamos a hacer cuando se nos eche encima el mañana?

DÍAS, MESES, AÑOS

El amor a la amistad

Ciego es esa belleza de la que hablo. Días, meses, años es una lección de… todo. Ciego es el personaje en el que nos convertimos siguiendo a Lianke. Antes he mencionado otra de las obras de este autor, y según vas conociendo su literatura, descubres el arma mortal que esconde en su pluma. Experto en crear el vínculo entre lector y obra, con Ciego ha ido más allá y no solo ha procurado que elogiemos su narrativa, sino que la entendamos y seamos parte de ella. No permite que nos abandonemos a la soledad, porque Ciego está ahí. Quiere que nos convirtamos en él.

Es la lealtad, la preocupación y el cuidado. Es el amor y la amistad. No reímos ni lloramos mientras leemos; solo leemos y luchamos junto al anciano. Luchamos por no abandonar la vida de manera triste. Nos convertimos en aquel perro que le guarda un ratón a su amado amigo para que no muera de hambre. Pasamos a ser el anciano que recorre largas distancias para que su amado amigo no caiga muerto de sed. Pero solo leemos. Posiblemente esa sea la verdadera magia de la literatura. Solo hay que fijarse en cómo se nos muestra esa magia. Yan Lianke consigue que estemos en «mutua dependencia».

Aquella noche, ambos se sumergieron, se ahogaron y se comprendieron en un sentimiento dulce y cálido de mutua dependencia. Ciego, le dijo, ¿qué te parece si tú y yo formamos una familia? La vida se lleva mucho mejor en pareja. Le lamió la palma de la mano. No me quedan muchos años, añadió, si te quedas conmigo hasta que me muera, tendré un final feliz.

DÍAS, MESES, AÑOS

Una lección de vida

Sobre todo, una lección de vida. Hay muchas maneras de ofrecerla, pero pocos saben hacerlo. Días, meses, años es una lección de respeto, de lucha y de supervivencia. Es de admirar la forma de embellecer una dramática existencia y que cale hondo en el lector. No son palabras vacías cuando afirmo que Yan Lianke provoca una dependencia aterradora. Las imágenes que se nos presentan delante emergen de la nada, sin pensárselo ni quererlo, y hacen que no podamos escapar de ellas. Más propicio asegurar que no queremos escapar de ellas.

El anciano —ahora caigo en el anonimato— es la fuerza, la constancia. Es la batalla por no abandonar todo lo que ha sido amado. Es el respeto, mis tres inclinaciones hacia su escritura lo demuestran; la desesperación y la cordura. Acompañado de Ciego, son la protección de la vida, la belleza de la aridez de la tierra; la maldición a las situaciones adversas. Y junto al brote de maíz, son la vida completa, sus desilusiones y sus alegrías. Sus lágrimas y su sufrimiento; son una lección de vida.

Sigo pensando en la pasada noche. Sigo leyendo Días, meses, años. Intento separar sueño y realidad, la tinta impresa de aquello que mis ojos ven. Ahora lo acabo de comprender. Esa soledad, esa belleza, ese respeto y ese amor; esa lucha por la supervivencia, esa protección por la vida no es más que el sentimiento tan profundo y verdadero que ofrece Yan Lianke. No son siete tallos de maíz. Hay uno más. El del anciano, Ciego y mío.

Libro publicado por Automática Editorial

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