‘El chico de las bobinas’, de Pere Cervantes

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MÁS QUE PALABRAS

El amor de una madre por un hijo. El de un hijo por una madre. El de ambos por mantener el calor de una familia , el honor de un padre y de una lucha intactos. Una lucha, simplemente, por la supervivencia. El chico de las bobinas «es la historia de todas aquellas mujeres que se empeñaron en querer cuando los hombres únicamente se dedicaban a destruir». Una película proyectada en La Gran Mentira que es la vida.

El chico de las bobinas, de Pere Cevantes, publicada por Destino

Creo que ya intuí en el pasado una madurez literaria en este Cervantes de apellido cuando cayó en mis manos una segunda novela. Una mirada que volvía al pasado, cuando no nos dejaban ser niños, y que reflejaba que la pluma de Pere iba por buen camino, seleccionando el pergamino donde incrustar su rúbrica. Unos años después me embarco en un viaje cinematográfico a la par que abrumador en el que el protagonista de la película es El chico de las bobinas y su director, Pere Cervantes.

No es que haya resultado una lectura sorprendente. Después de varias horas con el final de la novela aún en mi mente, sigo intentando descubrir cómo describir las sensaciones que esta historia de… diría amor ―por una madre, por un hijo, por la gente que lucha por su libertad, por el cine―, aunque más bien supervivencia ante un caos marginal de injusticia y venganza localizada en una Barcelona de la posguerra, está provocando en mí. Una historia en la que no todo vale. Tampoco entonces valía, mejor dicho.

Una historia de cine

Son muchos los títulos de obras del séptimo arte que desfilan a lo largo de El chico de las bobinas. Una novela que proyecta en palabras una película en blanco y negro, no por la época, sino por qué ocurre en ella. Un retrato de aquella posguerra del estraperlo, de los chivatos a cambio de un chusco de pan, de las prostitutas y madres a jornada completa, y cuya bobina sigue anclada al proyector de esa sala de cine de nombre apropiado: La Gran Mentira.

Los actores, por todos conocidos, no son más que un reflejo de esas ilusiones por despertar de la desgracia, los sueños de aquellos que luchan por sobrevivir a la angustia de ese día a día de cartillas de racionamiento. Es de admirar el amplio abanico de conocimientos que Pere Cervantes ha desplegado en sus cuatro partes de historia. Y este es uno de esos sentimientos provocados y que intento descifrar en mi cabeza. La gran pantalla, esa ficción que despierta los sueños, como los de esa Soledad que mira al futuro con vistas al pasado pero sin olvidar el presente: la supervivencia, siempre el mismo sueño.

Una madre. Una mujer. Una fuerza

Supongo que habrá mucha esencia escondida entre las páginas de El chico de las bobinas. El sentimiento que más me aborda mientras escribo estas líneas es el de una triste alegría. Por mucho que le dé más vueltas, veo a Soledad y me lleno de todas aquellas sensaciones que pueden conmover al ser humano. Remito al lector a que lea la cita del inicio de este artículo, posiblemente entienda mejor la situación.

Ser soltera, viuda o una mujer abandonada en el nombre de una bandera perdedora te convertía en objeto de escarnios, abusos y chascarrillos. La sociedad no estaba preparada para aceptar a mujeres que no estuvieran subordinadas a un hombre.

El chico de las bobinas refleja el poder del amor, de la rabia, de la templanza, de la constancia de una mujer de la posguerra que no está dispuesta a soportar una realidad impuesta por quienes no valoran al ser humano. La valentía con la que Pere Cervantes viste a esta mujer va más allá de un simple papel en una producción cinematográfica. Es un reflejo de todas aquellas mujeres que, a golpe de sufrimiento, salieron adelante sin destruir, sino amando. Aunque eso significara su destrucción. Es difícil expresarlo en palabras. Es imposible. Todo está en esa narración, de todo corazón.

Había aprendido que la memoria, cuando las heridas del pasado siguen doliendo, solo crea infelicidad.

Un hijo. Un hombre

Ese mismo sentimiento por el papel de Soledad me lleva a ver a Nil, ese tullido por culpa de la arrogancia de unos, como a otro actor que absorbe todo cuanto se necesita en el rodaje de El chico de las bobinas. Un niño que no entiende una realidad que no sea la proyectada en la sala de un cine y que vive soñando con difundir esa ilusión al mundo.

El amor de un hijo por su madre. Pero, sobre todo, el amor de un hijo por un padre que ya no está, que no entiende por qué no puede estar. Consciente y maduro para su edad, a la fuerza ahogan, sabe del valor de los actos de su padre. Sabe las dificultades que le quedan por vivir tanto a él como a su madre. Le ha tocado vivir un papel protagonista en la película de otros que irrumpe, como si fueran escenas sacadas de contexto, dentro de su propia película.

Tanto el hijo como la madre son sentimientos de fuerza en esta novela. Pere Cervantes crea dos esencias en la trama que maravillan según paseas por ese Poble-Sec, por el Borne, o te sientas a admirar el movimiento de las aspas de El Molino. Sigo pensando, a estas alturas de artículo, que las sensaciones se agolpan aún en mi cabeza.

La Gran Mentira

No solo hablamos de una madre y un hijo, de una familia. El cumpleaños de un hijo no debería ser el inicio de un tortuoso camino hacia la libertad. Mientras pasamos los días en la vida de Nil, Soledad, Bernardo, Leo, Paulino… sufrimos con ellos, amamos con ellos y luchamos con ellos. Formamos parte de esa película proyectada en La Gran Mentira. Pere Cervantes ha sabido elucubrar una estrategia de ataque al estilo literario llenándolo de una narrativa emocional apabullante, no solo dulce, sino de una brutalidad real.

El chico de las bobinas muestra la verdadera cara de aquellos que mienten por sobrevivir, de los que sobreviven para mentir y de los que necesitan mantener un equilibrio para que sus vidas no se vayan al traste. Un tono sepia invade al lector cuando pasea por esa Barcelona de la posguerra, que se vuelve negro nocturno cuando acompaña a ese Valiente y su perro faldero, Espinosa. O gris, cuando entra en ese despacho del comisario Quesada.

Pere Cervantes nos ofrece literatura. No todos saben hacerlo. El hecho de que al finalizar la lectura de El chico de las bobinas sigamos pensando en por qué, en cómo, en todo aquello que hemos vivido, solo puede significar una cosa: somos protagonistas de esta película.

Esta novela ha sido publicada por Destino