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'El mar indemostrable', de Ce Santiago
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 26 noviembre, 2020
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El mar indemostrable hace que siente por dentro. Siempre me dejo guiar por aquello que una narración convierte en mi interior. No puedo sino dejar que «la punta de la punta de mis dedos» naveguen; «lo digo, sin decirlo», y será así, por muchas olas que me devuelvan a la orilla. Ha sido una travesía que permanecerá eterna, como el tiempo, como Ce Santiago; espero.

El mar indemostrable, de Ce Santiago, una apuesta atrevida de La nava suiza llena de narrativa cruda, poética y literaria

Solo el inicio de El mar indemostrable pone los pelos de punta. Ce Santiago no solo narra, sino que desvela una increíble pericia en retratar el miedo a las borrascas sin lluvia, húmedas de alcohol y llenas de truenos furiosos y silenciosos. No es sino una frase sin punto y coma. Es el trémulo acariciar de unas palabras llenas de poética desconfianza en uno mismo. La potencia inicial enfoca a la absorción de una narrativa sobrecogedora. Indemostrable, tal vez; solo hay que leer.

El chico contiene el aliento. Nota el frío de los hielos en la yema de los dedos; le retiembla el perineo, y encoge los dedos de los pies dentro de las zapatillas como queriendo clavarlos en la tierra y así echar raíces profundas y exudar savia que se vuelva corteza para que lo endurezca por fuera igual que a ese pino.

No es que elija una cita concreta, un fragmento preciso. La creación de un personaje es un arte, y ante la adversidad de lo desconocido nos endurecemos ante tanta soberbia expresiva. Podemos entender de atmósferas, pero las tormentas siempre van precedidas de incertidumbres que hacen que tomemos las precauciones necesarias. No importa que el vaso esté lleno; solo oír el golpeteo de los peces de hielo puede hacer que sintamos la necesidad de ponernos a cubierto, de refugiarnos bajo una manta ante el «yo a tu edad ya era un hombre». Y aquí estoy, pensando en si también soy un hombre.

El (des)ahogo

Hombres de mar, en El mar indemostrable, que juegan entres sotas y caballos al antiguo juego de la confesión. No hay más rencor que aquello que duele, que te hace hombre a base de redes rotas y peces que caen boqueando ante tus pies. Sigo pensando, quizá esté en esa mesa jugando con ellos, o quizá fuese uno de esos recuerdos de largas mareas. Ce Santiago es el único que lo sabe, y lo sabe bien. Te hace hombre, pienso. Es hablar, es la fuerza. Es la penitencia por todos los pecados de la vida en un mar que te devuelve a la orilla.

El mar indemostrable es esa fuerza de la que hablo. No es fácil soportar todo eso en la mente, se deben soltar amarras y lanzarse, pero con experiencia en mareas y tormentas. El mar indemostrable es esa marea hecha palabras que azotan al lector mientras aprende los nudos —lasca, franciscano o ballestrinque— sin el «caguendios» de por medio, para eso tienen dos dedos de eso que beben y el refresco para quienes están aprendiendo. Después de leer a Ce Santiago, dejas de ser profano. No confiesas los pecados para una penitencia salvadora, sino para embarcarte de nuevo.

El profano se entrega a la creencia de que, de adentrarse, el mar le lavará todo pecado, cometido o por cometer, todo error y todo terror, venido o por venir; nada más falso; la orilla: el mar de los fingidos aspirantes a románticos y los acobardados.

El eterno mar

Navegamos por un mar eterno, más allá de las orillas negras en mitad de la noche. Me negaré a abandonar la insistencia en el lenguaje encadenado que, además, resuelve el dilema de cercar una narrativa poéticamente dura y llevarla al silencio del hogar. Un silencio de esperanza vana, de esperar los gritos a la vuelta y volver a poner la comida caliente encima de la mesa sin mirar más allá de las baldosas del suelo. El mar indemostrable es tristeza, pero también esperanza, una esperanza diluida en la eternidad de quien es porque es, aunque la eternidad duela.

Y así, el cuerpo terminó por olvidarse también de la eternidad, del miedo a la muerte, se limitó a estar. Una historia bonita. Pero de una forma u otra todas las mentiras lo son.

Ce Santiago entra por las entrañas y sale por la punta de los dedos ante teclas de ordenador —o tinta de pluma—. De una forma u otra, las mentiras no lo son, sino que apuntalan el desasosiego, el recuerdo de una vida entre olas, los sollozos y la orina bajando por la pierna, esperando un «vamossss, joderrrr», en silencio, cabizbajo. Entras en su red, y es consciente, porque persiste en no dejarte salir; porque no es marino, o sí, pero escribe, más, además, que unas cartas. Sí es eterno este mar demostrable.

La mar «es otro mundo»

Uno de los inicios habla de la inmensidad del mar en la negrura de la noche, confundiendo aire y tierra, agua y vida, en un lienzo como la brea. El mar abarca todo lo que posee, va encerrando entre sus brazos de espuma la vida misma. No sé si sabré explicar cómo Ce Santiago actúa de idéntica manera con El mar indemostrable. La lectura avanza, al igual que después del ocaso el cielo se vuelve de un azul purpúreo, va oscureciéndose, envolviendo el alma; no puedes escapar de la metamorfosis que sientes mientras te fusionas con la palabra.

Recuerdos, dureza, esperanza. El mar es dueño y señor de la esencia de esta vida hecha literatura, pero ¿dónde acaba el mar? Unión que no se puede desunir: marinero, siempre estarás en el mar, aunque no estés en el mar. Lamentarás, mujer, aunque no sepas vivir sin esos lamentos; aprenderás, hijo, aunque aguantes la escalera sin rechistar. Mantendrás en tu memoria, lector, El mar indemostrable, aunque sea eternamente. Porque Ce Santiago ha sido el mar, ha sido todo en esta travesía. La buena literatura, no cesaré en reiterar las palabras, es demostrable. El mar indemostrable.

Libro publicado por La Navaja Suiza

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