El silencio de la ciudad blanca, de Eva García Sáenz de Urturi

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MÁS QUE PALABRAS

Hay muchas maneras de viajar por la geografía de nuestro país. Sin embargo, muy pocas veces siente uno la necesidad de, virtualmente, navegar por valles, pueblos con encanto y rincones de ciudades que no conozco mientras voy pasando las páginas de una novela. Parece una necedad, algo sin importancia dicho así, sin más argumentación. Sin embargo, la afirmación deja ser banal si, además, vas acompañado de una tensión, una admiración por un personaje o un interés por no perder el hilo argumentativo. En ese momento, todo queda en silencio, excepto tu mente. Porque estás escuchando El silencio de la ciudad blanca.

Una ciudad silenciada

Eva García Sáenz de Urturi sabe muy bien cómo silenciar una ciudad. Su mejor arma: las palabras. No voy a entrar en detalles biográficos ni sinópticos. Los primeros, porque considero que son irrelevantes cuando uno disfruta de una buena lectura; los otros, porque más allá de la sinopsis está la obra en sí misma, y está al alcance de todos. Sí que me detendré en el silencio; un silencio destacado por la intensa pulcritud de todos aquellos detalles que El silencio de la ciudad blanca nos ofrece.

La contraposición del título y de aquello que narra ya nos indica que hay algo más en la literatura de la autora: época festiva en la capital alavesa, jolgorio, vida en la calle en contraste con el silencio de un protagonista que lo ha perdido todo ―detalles y opiniones a parte― y al que solo le preocupa, aunque le cueste admitirlo, encontrar el sentido a su vida.

Unas festividades que se ven truncadas por el silencio del dolor, de la intriga, del miedo… De un asesino en serie. Es increíble la sensación de aislamiento que provoca la lectura de la obra de Sáenz de Urturi a pesar de estar enclavada en las fiestas mayores de la ciudad. No escuchamos los gritos de alegría, ni la música, ni el ambiente jovial. Es difícil de explicar, pero poco a poco el lector va apreciando ese distanciamiento del ruido a medida que va adentrándose en la minuciosidad con la que la autora va hilando todos los acontecimientos.

Me desvié de la muchedumbre y busqué las calles menos transitadas. Bajé por la plaza hasta la calle de la Diputación, continué por Siervas de Jesús, y rodeé toda la Almendra Medieval hasta que volví por la Cuesta de San Francisco de nuevo, media hora después, más fresco y despejado, y me metí por los Arquillos…

Muchas veces necesitamos ese silencio que se nos va narrando…

El silencio topográfico

La cita anterior puede ser, perfectamente, un ejemplo de aquello en lo que quiero basar este escrito. Las madrugadas. El viaje silencioso por las calles de Vitoria a la hora de ejercitar los músculos. Ese es el momento clave en el que la autora tiene su propio papel protagonista. La fuerza aparece con el alba, recorriendo las calles de la almendra medieval, enamorando al lector de una ciudad al igual que enamora a Unai. De la misma manera que enamora a Alba. De la misma manera que enamora al lector de una ciudad blanca, impoluta al amanecer y que lucha, día a día, bajo el manto de su Virgen, por volver a serlo.

Una maravilla, a mi parecer, la manera de jugar con la sordidez de un crimen y la majestuosidad del silencio de la mañana, del despertar de un nuevo día. Es curioso, sí, porque aún estoy admirado por cómo la autora nos deleita de esos momentos álgidos en medio de la tranquilidad del momento.

Tranquilidad rural de enclaves dignos de descubrir ―hablando en sentido literal―, tranquilidad en los momentos más íntimos en la vida del ser humano. Debo reconocer que no encontraba sentido a la palabra “silencio” en el título. Teniendo en cuenta que cada lector vive su mundo, fue cuando cerré el libro cuando desperté, cuando me di cuenta de que había estado en silencio durante todo el viaje. Un blanco silencio.

Los personajes silenciados

Llamadme rebuscado, pero no solo el silencio abarca los aspectos anteriores. Quizá el interior de uno mismo provoca que el silencio sea la peor arma contra un futuro incierto, un arma de doble filo que combate la venganza y, al mismo tiempo, la lleva a cabo. Pero también puede ser el guía necesario para que todos esos miedos despierten, te hagan luchar contra ellos, y abras los ojos a tu propio mundo, a tu propio destino.

Después llegaron más roces, roces en silencio, sin mediar palabra. Para qué, no quería escuchar sus excusas, tenía tantos buenos motivos para no continuar con aquello que yo no habría tenido más remedio que darle la razón. Pero no quería dársela. No allí, no aquella noche, sobre aquel tejado que dominaba Vitoria.

Si hablamos de guías y de silencio, hay un personaje, para un servidor clave, que guarda silencio toda la novela —no más de una breve frase, según su nieto— pero que lo dice todo. Exacto. El abuelo. Fuente de amor, paciencia, sabiduría y templanza. Nunca el silencio había estado tan bien representado. Quería resaltar este aspecto para ilustrar, más si cabe, ese estudio minucioso de uno de los aspectos fundamentales de una buena novela. Pueden haber cientos de personajes. Puede haber protagonistas, antagonistas. Todos muy bien perfilados. Pero el abuelo, en El silencio de la ciudad blanca, es el punto clave de una estructura bien hecha. Necesario sin serlo. Otra contradicción, pero… ¿qué buena obra no lo es?

El silencio convertido en rito

Eva García Sáenz de Urturi sorprende. Sorprende con un viaje. Sorprende con una historia. Sorprende con unos personajes. Muchos dirán que es una novela más, fácil de leer. Muchos alabarán la novela, sin más. Bien. Perfecto. Encontramos un lenguaje sencillo, bien utilizado (muy difícil, lo reconozco); encontramos una descripción concreta, sin palabras de más; encontramos un viaje detallado por una bella ciudad y por unos enclaves dignos de visitar; encontramos una historia bien definida. Sí, es una novela más; sí, es fácil de leer; alabo la novela, sí. Me uno.

Pero voy más allá. Una novela digna de leer, una historia que hay que vivir, un viaje que hay que disfrutar. Eva García Sáenz de Urturi muestra una muy buena pluma, nos adentra en El silencio de la ciudad blanca y nos ofrece la posibilidad de que se convierta en rito. Yo lo voy a hacer. Nos vemos en Los ritos del agua. Enhorabuena, Eva García Sáenz de Urturi.