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'El fantasma y la señora Muir', de R. A. Dick
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 7 diciembre, 2020
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Más allá de los tópicos de comedia romántica costumbrista —cada vez más amante del género—, El fantasma y la señora Muir refleja una lucha de poder entre uno mismo y el resto del mundo. R. A. Dick, seudónimo aparte, demuestra que se puede escribir una gran obra tildada ‘de mujer’ para dar en todo el hocico a un mundo aplastado por la posguerra y que lucha por evolucionar, como lo hace «la pobre pequeña señora Muir».

El fantasma y la señora Muir, una novela costumbrista que destapa la grandeza de una de las grandes del siglo XX, R. A. Dick

Es fascinante observar cómo, a través de la palabra escrita, se puede «leer» tanto. Todos recordamos a grandes féminas de la literatura de género costumbrista, con sus tocados literarios, sus cottages palaciegos y sus airados deslices amorosos, siempre con la perspectiva de la denuncia. La literatura, por qué no, es la mejor arma. Echaba de menos una novela anclada en ese costumbrismo de narrativa fácil, de paisajes simples, de palabras cotidianas; de literaria belleza. Y llegó a mis manos.

El fantasma y la señora Muir me dejó tristemente alegre, como si el fantasma del capitán Gregg hubiera estado rondándome a lo largo de la vida de una pequeña Lucy transformada en la Lucia fuerte, madre y mujer. No es que adule ciertas publicaciones, o quiera que ciertas obras literarias sean magnificencias en los estantes de mi particular librería. Es más, R. A. Dick me ha demostrado ser parte primordial en ese estante de los grandes títulos. Por sus lecciones, por su constancia, por su atractiva narración; por el capitán Gregg.

Más allá del tópico

Comedia romántica, refrescante; deliciosa. De acuerdo. Totalmente. La delicia viene por una sencillez en la narración que resalta ese bello paisaje de Whitecliff, la delicadeza con la que Lucy cuida de Gull Cottage y la complicidad entre fantasma y mujer. Estamos en la posguerra, casi llegando al ecuador del XX, y la mujer tenía su papel. ¿De verdad el amor —más allá del que pueda tener un fantasma con un mortal— es ese papel literario? ¿Las tareas asignadas moral y únicamente a la mujer? Grande, R. A. Dick, por demostrar esa fuerza con dulzura y amabilidad:

Si uno le concede al destino una oportunidad, este siempre hallará el camino por sí mismo, pero los hombres son tan necios, dando vueltas y más vueltas con los ojos cerrados, interfiriendo los unos con los otros, destrozándolo todo por su propia y ciega estupidez, y entonces, cuando se encuentran perdidos sin remedio, se sientan y maldicen a Dios por no responder a sus plegarias, obviando que jamás se pararon a escuchar.

El fantasma y la señora Muir demuestra la lucha por ser uno mismo más allá de las convenciones sociales de la época. Antes he calificado de «grande» a Dick por la forma de plasmar en papel esta afirmación. Llevar la novela costumbrista a decir «basta» puede ser habitual para algunos. Pero que construya un personaje tan afable como es la pobre pequeña Lucy para liderar esa lucha en la narración es demostrar que se es escritora con todas las letras. De la manipulación ajena a la determinación propia. De los clubes de bridge a ser mujer independiente, fuerte… Y, por qué no, enamorarse de un fantasma.

Una conciencia enamorada

Me parece algo maravilloso el papel de la conciencia en toda la travesía a través del océano interior de la señora Muir. Lucia, a partir de ahora; la conciencia lo requiere. Quizá mis interpretaciones vayan más allá de lo literario y me ronde, también, un fantasma a lo Canterville, pero la evolución de la protagonista es paralelamente proporcional al amor ultraterrenal de nuestro intrépido capitán. El fantasma y la señora Muir parten de una infelicidad cómplice que hace que la novela enfile un camino menos tortuoso de lo que se atisba en el horizonte.

Pero le voy a decir algo que le dará qué pensar, Lucia, ¿ha oído usted hablar alguna vez de un fantasma feliz?

Si partimos de la base que Dick plasma esa lucha interna de la mujer por ser ella misma, el capitán Gregg es la luz que guía, a su manera, sin obviar elementos cruciales de la hombría social, a nuestra amada protagonista a través del campo de batalla. El amor, sí, mueve montañas; siempre y cuando los pilares estén bien sometidos. La mujer en la posguerra, esa eterna conocida, desgraciadamente. ¿Es la señora Muir el anclaje, el sometimiento, el ideal de una sociedad venida a menos? Madurez física y como persona; pregúntenle al capitán.

Los bribones no tienen por qué ser insensibles necesariamente, y todas las personas sensibles pueden oírme; por eso Miles pudo hacerlo. Solo son las personas de ideas fijas, incapaces de captar o comprender otro punto de vista que no sea el suyo, las que están sordas espiritualmente.

Moral cómica

Hemos hablado de amor. Hemos hablado de ciertos personajes. Del costumbrismo fantástico, no olvidemos que nos ronda un fantasma. No solo son puntos fuertes, sino que se unen para contrastar, de una manera cómica e irónica, sin olvidar la elegancia de R. A. Dick para ello, una situación (in)moral en una época (a)moral. Quizá los prefijos se pudieran intercambiar, no eludiendo los paréntesis, por supuesto, faltaría más. El fantasma y la señora Muir no solo muestra todo aquello que leemos a simple vista, sino que la denuncia social a la situación de una viuda, madre soltera, que decide contrariar los principios morales de un devastado periodo se convierte en elegante ironía.

Cuánto más inspiradores seguirían siendo aquellos obispos —pensó Lucy mientras le escuchaba sentada mansamente con las manos cruzadas en una silla de cuero carmesí— si pudiesen permanecer revestidos de sus túnicas en el distanciado esplendor de las catedrales, en lugar de calzar polainas en la cotidianeidad de las casas.

La Iglesia, el estatus y el egocentrismo sexista son fuente de delirio que hasta el mismo capitán reconoce e intenta, con triquiñuelas piratas de poca monta, convertir en salidas a una situación embarazosa. El humor especiado con dulzura es brillante a lo largo de las cuatro etapas de la vida de nuestra querida Lucia —me enamoré del capitán y ya no puedo llamarla Lucy—, siendo la aprendiz de una nueva vida con el «no» por bandera. No es de extrañar que Dick, con esta obra, fuera toda una revelación para la sociedad de la época.

La «Nueva Mujer»

Predecesoras como George Egerton o George Fleming —seudónimos, cómo no— marcaron un camino. R. A. Dick vio el sendero iluminado y lo atravesó. Incluso con guiños a aquello que quería demostrar dentro de su obra (no olvidemos el manuscrito presentado a la editorial con autoría desconocida; fantasmal, eso sí), en El fantasma y la señora Muir abrazamos todo aquello que necesitamos de una obra literaria.

Sigo sintiéndome tristemente alegre. La lucha, de todos modos, sigue. Pero la templanza literaria de Dick en esta obra hace que me estremezca ante tanta maravilla escrita. Una revolución de modos, maneras y formas. El amor, ese gran desconocido, no digan que no. Siempre esconde algo. En Dick, la nueva mujer plasmada en Lucia, mi «ya no pobre» y pequeña Lucy. Porque «solo el reloj seguía marcando los implacables y mecánicos minutos que los hombres han forjado para medir el paso de la felicidad y los pesares de su vida terrenal».

Libro publicado por Editorial Impedimenta

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