HENRY Y CATO – IRIS MURDOCH

Desde que terminé la lectura de Henry y Cato llevo dándole vueltas a cómo empezar —mejor dicho, cómo redactar— un artículo sobre una de las mejores narrativas que he leído en los últimos años. Se ha hablado mucho de su autora, Iris Murdoch, en estos últimos meses. Y con razón. El pasado 2019 fue el centenario de su nacimiento y el vigésimo aniversario de su muerte; pero siempre estará presente su literatura. Considerada una de las mejores novelistas en lengua inglesa del s. XX, filósofa convertida en novelista, hay una frase —dicha por ella— que resume el porqué esta irlandesa de nacimiento y británica de adopción prefirió la literatura a la filosofía: «La literatura hace muchas cosas. La filosofía, solo una».

 

Un estudio de las relaciones morales entre individuos.

Cuando Murdoch abandonó —nunca lo hizo del todo; para muestra, sus novelas— la filosofía para retirarse a escribir, una de sus inquietudes fue profundizar en las relaciones sociales entre individuos enfocadas a la moralidad, a qué es el bien y qué es el mal, siempre con resquicios religiosos. Puede ser una aseveración muy generalista de una apreciación básica de su literatura, pero si nos adentramos en novelas como Henry y Cato, comprobamos que tanto su descripción de los personajes como sus diálogos, así como de las situaciones, transportan un fondo de debate moral al que pocas veces estamos acostumbrados; no, al menos, de forma tan evidente.

Al despertar, Henry había cobrado conciencia instantánea de algo nuevo y maravilloso en el mundo. Un inesperado prodigio había ocurrido en su vida. ¿Qué era? Ah, sí, que su hermano Sandy había muerto.

Que nada más empezar el lector adquiera la visión de una muerte familiar como prodigio ya augura que en la narración nos vamos a encontrar con un dilema, a menos existencial, de dimensiones inesperadas. Pero no solo encontramos genialidad en la narrativa. Algo que llama sorprendentemente la atención es que la autora traslada todas sus profundidades temáticas a unos diálogos llenos de sinsentido pero que ejemplifican perfectamente la inteligencia a la que se somete al lector, entendiendo y debatiendo por él mismo la esencia de la novela. Pongamos como ejemplo este fragmento de diálogo entre la madre de Henry, Gerda, y Lucius —posiblemente un personaje difícil de calificar— mientras esperan la llegada del «hijo pródigo»:

—¿Se quedará? —dijo Gerda.
—No lo creo.
—No lo estás pensando en serio.
—¿Cómo puedo saber lo que va a hacer?
—¿Se quedará en Inglaterra? ¿Se quedará aquí?
—No creo que se quede aquí. Es tan condenadamente insípido. Quiero decir…
—¿Querrá hacer cambios?
—No, ¿por qué habría de querer? Averiguará por Merriman lo que hay en juego y volverá a dar el salto a América.
—Preferiría no haber vendido la Vega del Roble.
—Sí, pero Sandy quería ese barco en seguida…
—Bellamy dice que John Forbes va a edificar en el terreno.
—Me imagino que Henry ni siquiera recordará la Vega del Roble.
—¿Se quedará a vivir en Londres?

El individualismo de los personajes evoca un interés egocéntrico en cada uno de ellos por el «bien común». La verdad absoluta reside en la mente de esos personajes egoístas, que no descansa en todo el trayecto de la historia. La posición social, el remordimiento, la envidia, el control…, ingredientes, todos ellos, de una vida de farsa continua que se agudiza con la muerte de uno de los herederos y el regreso del otro, dispuesto a dinamitar todo aquello que moralmente el resto de los personajes consideran bueno, sin olvidar al rebelde que dice creer en Dios por la bondad de espíritu y que desata la ira de su conciencia —y de su padre— al ordenarse sacerdote y, en ese mismo instante, dejar de creer en un Dios, enamorándose de otro, este de carne y hueso, guapo y joven.

Ahora que, más o menos, la trama está en parte desvelada, empezamos a entender aquello de las relaciones morales y el aspecto filosófico, más allá de la filosofía, de Murdoch.

 

Personajes tiranos vs. personajes moralistas

Si pensamos que la narración de esta gran novelista roza la genialidad, la construcción de personajes culmina una obra digna de enmarcar. He leído por las nubes virtuales todo tipo de opiniones al respecto: «Personajes tiranos masculinos —creo que se olvidaron de mi querida Gerda— protagonizan la novela», «sosos personajes moralistas que están vacíos»… Respeto a cualquier opinión ante todo. Pero quiero ir más allá.

Tenemos dos protagonistas muy peculiares pero que les une algo más que una amistad desde la infancia. Henry, el hermano e hijo pródigo, que vuelve a casa después de la muerte de su hermano (una alegría personal, más bien una liberación a su miedo más profundo), que quiere dilapidar la fortuna familiar y seguir con su vida tranquila al otro lado del océano. Quizá sea más un problema de temor a ser alguien en la vida, a ser quien es realmente, pero a lo largo de la novela vemos a un Henry que duda hasta de su propia sombra, que se mueve por rencores pasados hacia una familia que le abandonó a su suerte dentro de su hogar y ve ahora una posibilidad de venganza que ni él mismo es capaz de llevarla a cabo. Posiblemente un problema de conciencia y de madurez. Ironía.

Y ahí está Cato, el renegado de la familia Forbes y amigo de la infancia del primero que, dejando de lado la filosofía paternal y las ideologías que no llevan a ninguna parte, se ordena sacerdote (católico —ira de los dioses familiares incluida) porque encuentra a Dios espiritualmente, pero no es el Dios de espíritu, sino que resulta ser un dios pagano de 17 años, rubio y guapo, que le destroza psicológicamente mediante una batalla campal contra la moral del individuo. Si el lector de este escrito acaba desesperado, un halo de esperanza al asegurar que no hay nada de extraño ni de complicado en esto. Genialidad de la autora, solo hemos de observar los problemas cotidianos de cada uno de nosotros, las luchas internas personales. Y bienvenidos a la trama de Henry y Cato.

No menos importantes son esos personajes que acompañan a los dos protagonistas y que terminan de definir la personalidad de ambos amigos. Madre y señora —en todos los aspectos, situaciones y ámbitos—, Gerda demuestra su maestría a la hora de ejecutar el arte de la dominación. Tantos personajes en la gran pantalla que recuerdan (bien podría ser un homenaje) a esta dama de la seducción manipulada, me viene a la memoria la matriarca dueña de Downton, pero más lánguida y victimista, que se deja agasajar por un Lucius, poeta que nunca fue y siempre quiso, aprovechado parásito, y que forman un tándem perfecto contra la evolución moral de una sociedad ya venida a menos. No nos olvidemos de la familia vecina y el padre filósofo, John Forbes, desertor del amor hacia su hijo, más por ideología que por parentesco, y que pasa sin pena ni gloria ante la fuerza de los demás personajes.

Colette y Stephanie, la colegiala y la femme fatale, imagen de la inocencia y el embaucamiento, siguen la línea moral del bien interesado: una sigue la senda de la rebeldía y la felicidad despreocupada; otra, la de la sumisión falseada en favor de la riqueza personal. Básicas imágenes que denotan cierto paralelismo con el tercer antagonista, Joe «el guapo», adonis perfecto que escoge a Cato como víctima, hundiéndole en la miseria aprovechándose de su buen espíritu y debilidad carnal.

Todos estos personajes van describiéndose, poco a poco, ellos mismos. La facilidad de Murdoch de presentarnos y desgranarnos cada uno de los aspectos vitales de todos los personajes se transforma en genialidad en la manera de hacerlo. Ella no dice nada. Son ellos los que hablan al lector, los que narran sus miedos, sus pasiones, sus errores. Encontrar una narración que te cuente todo, absolutamente todo, olvidándote de que hay una pluma detrás de esas palabras, es algo que no se ve fácilmente. Iris Murdoch es capaz. No solo es capaz: lo hace.

 

Una lección moral cierra un ciclo… O no

Iris Murdoch hace lo que pocos son capaces: buena literatura y mejor narración. Quiero cerrar este artículo con el alfa-omega de Henry y Cato. Un principio y un final para describir el subtítulo de la conclusión.

En su funda, metido en el bolsillo del impermeable, […] se balanceaba irregularmente a cada paso contra su muslo, pesado e incómodo.

Primera y última página. Los corchetes con puntos suspensivos reflejan esa filosofía moral del comportamiento humano, esa batalla por el bien o el mal pero nunca vistos desde la perspectiva social, sino desde el interior de uno mismo. Iris Murdoch sabe qué hace y cómo lo hace. Henry y Cato es una muestra de ello. Narrativa perfecta, de disfrute y sillón, de café o té, como se prefiera. Centenario o aniversario, no importa; la literatura no tiene años. Es eterna. Como ella. Como Murdoch.

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