‘La caja negra. Los perros vuelan bajo’, de Alek Popov

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MÁS QUE PALABRAS

Estamos ante un gran depósito en el que una trituradora engulle el final del régimen comunista del Este, el capitalismo corporativo, la identidad migratoria atada en corto, unas siglas sacadas de un manual de humor y dos hermanos de pensamiento opuesto para convertirlos en La caja negra. Los perros vuelan bajo. Sazonada con ironía, sarcasmo y divino placer literario, Alek Popov se convierte, así, en el nuevo magnate del Wall Street editorial.

La caja negra. Los perros vuelan bajo, la novela de Alek Popov publicada por Automática editorial

La Real Academia de la Lengua Española ―y, por qué no, RAE, ya que estamos de siglas hasta las cejas― ofrece cuatro acepciones para la palabra ‘barbaridad’. A saber: «1. f. Cualidad de bárbaro; 2. f. Dicho o hecho necio o temerario; 3. f. Acción o acto exagerado o excesivo; 4. f. coloq. Cantidad grande o excesiva». Planteo un reto a la distinguida y sabia academia que consiste en añadir una nueva acepción: «5. f. lit. característica de una novela de Popov a la que definirla como maravilla sería quedarse corto».

Leemos mucho, vamos descubriendo autores ―no sé por qué, pero los autores del Este, últimamente, no me defraudan― y asignamos sensaciones a cada una de esas obras que caen en nuestras manos. La caja negra. Los perros vuelan bajo es un ejemplo de lo más ilustrativo, ya no por su calidad narrativa, que también, sino por el modo de sazonar una novela con temáticas, estilos y detalles como los que nos encontramos en las letras de Popov. Ya que hemos empezado hablando de comida, empecemos a leer el menú.

De primero, humor

Una caja como otra cualquiera. Mero embalaje. La levanto, pesa bastante. Por la esquina escapa un polvo negruzco. Las cenizas de mi padre, supongo. Lo recojo con el dedo, lo olisqueo, me siento tentado a darle un lengüetazo, pero me doy cuenta de que me observan con una desaprobación creciente. Sobre la tapa, con letras pequeñas, está escrito el nombre de mi padre.

Encontrar esta cita es fácil. Primera página. Si empezamos ya a darle lengüetazos, seguro que nos espera un gran viaje, concretamente de Sofía a Nueva York. Aunque nos traslademos a miles de kilómetros, Alek Popov carga con un equipaje de mano que no factura, porque en el interior transporta algo muy valioso de lo que no se quiere separar: ironía, humor y sarcasmo. Ya no solo en las situaciones planteadas, ni en que la policía te estropee todos los polvos premeditados, ni que te roben un Pinscher en medio de Central Park.

El encanto de las páginas de La caja negra. Los perros vuelan bajo basa uno de sus pilares en una calidad irónica de toda esa temática que coloca encima de la mesa. La corrupción corporativa, el sistema sindicalista y el régimen comunista decadente, el capitalismo absurdo… todos son aspectos planteados anárquicamente en una reunión literaria ―creo que aciertan al considerarla vonnegutiana― en la planta superior del edificio.

De segundo, mundos opuestos

Vamos a dejar de lado las siglas ―aunque si eres un búlgaro que triunfa en el extranjero, un gilipollas fracasado atrapado en Bulgaria o un puto ladrón búlgaro, tienes más opciones― porque la visión de Alek Popov va más allá de la ironía nominal. Sin ofensas de por medio, hacemos pantallazo a ese hermano que triunfa en Wall Street y que ve la decadencia de su país de origen en sus carnes. También, del hermano que, cansado de fracasar en ese país decadente de origen, quiere probar suerte en la Gran Manzana (aunque sea en el Bronx).

La cabecera del programa era elocuente: un callejón sin salida abarrotado de cubos de basura. Sobre esta imagen de fondo sonaba una amable invitación: “Si eres prostituta y tienes una historia que contar, llama al teléfono…”. Di unos tragos más directamente de la botella, abrí el sofá cama en el salón y me acosté.

La caja negra. Los perros vuelan bajo muestra la diferencia individual del pensamiento humano, esa batalla por considerar más importante los propios principios que los de otros. Las estafas ―no solo materiales― van más allá del piso treinta de la sede de la empresa, de una fábrica metalúrgica en desuso en el que el alto directivo pregona sus lindezas premonitorias a sus huelguistas que no saben para qué lo son o de las acciones en picado cazadas al vuelo de una borrachera en un bar étnico. Corporativismo, capitalismo, comunismo… cada cual que se agarre fuerte a la soga.

De postre, la luz al final del túnel

Suelen ser dulces, a veces combinan con el toque salado para hacerlos más exóticos. Mientras paseamos por esas calles de Nueva York, o conducimos a través de una carretera en Bulgaria ―o nos perdemos en un bosque y nos quedamos sin gasolina en el coche heredado de papá―, el túnel pierde esa oscuridad aterradora para ofrecernos un poco de oxígeno lumínico. No estoy hablando de la trama, sino de disipar dudas de uno mismo. La verdad de uno mismo, de su familia, de su pensamiento, quizá dependa de un pelotazo en la cabeza.

La caja negra. Los perros vuelan bajo es una maravillosa estrategia literaria, capaz de hacer ver la incomprensible e intangible maraña de oportunismo, de fracaso, de ignorancia, a través de una literatura llena de frescura, humor, sinceridad y calidez. Exacto, calidez. No terminas leyendo un cuento de hadas, ni una viñeta de humor. Al mencionar la temática, podemos imaginar los sentimientos y nuestras posiciones. Alek Popov lo sabe. Pero quiero que pensemos en el último párrafo. La caja negra. Los perros vuelan bajo es algo más complejo, más completo, más literatura. Deberíamos esperar a secarnos:

Me quedé al sol con los brazos extendidos, todo embarrado, e incluso las moscas, asqueadas, evitaban posarse sobre mí. ¿Y ahora qué hago? Espera a que te seques y luego ve a darte un baño en el río, me respondió sentándose y encendiendo un cigarrillo.

Libro publicado por Automática editorial