‘La Escena’, de Clarence Cooper Jr.

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MÁS QUE PALABRAS

Desde la Ciento seis con Maple hasta la Sesenta y nueve. Un vertedero lleno de cuelgues fritos. La Escena es más que un escenario; es el hogar de la baja moral que la muerte chulea en cada una de sus esquinas, solo por un tapón de los peores.

La droga, esa «mierda» recurrente para protagonizar grandes relatos ficticios ―qué sería de la realidad si la ficción no se denominara como tal―, puede llegar a ser un «cuelgue» de los que necesitan terapia. Pero para que eso ocurra, el que mueve la pluma debe estar muy puesto en la tinta del lumpen para que una historia se traslade a un paisaje mugriento y dejado de la mano de Dios, de los que aterran de verdad, de esos que se les pone el nombre de La Escena.

Clarence Cooper Jr. no llegó al último pico. Estamos acostumbrados a que se nos recuperen nombres de pro en cuestión literaria que han sido olvidados en el tiempo, motivos inciertos, por cierto. Pero la «cera» que este brutal artificiero del noir nos da en esta novela hace que nos tambaleemos y que pensemos en lo cruel del flote cuando eres el amante de la mala vida.

Una Escena como escenario

Solo la localización de la trama hace ya que te plantees qué necesitas encontrar en las páginas de La Escena. Un barrio en el que ni el más colgado se atrevería a entrar, en el que las «tipas» chulean a sus «chorlitos» mientras sus dueños pasean el Cadillac por las narices de los yonquis. En el que el jefe es el más puesto y el que controla las puestas del resto. Residencial, vamos.

De nuevo se hizo el silencio, y los ojos de Patterson sufrieron el asalto de la Escena, el pandemonio de voces extrañas, las muchas palabras salvajes, la pulsión vital de la calle extrañamente retorcida, una vida tan retorcida y deformada como la misma Escena, sensualmente infecciosa.

«Sensualmente infecciosa». Las palabras de Cooper van cargadas de sentido ya que, mientras paseas entre agujas, chupetes y ollas, temes que hasta la policía vaya a arrinconarse en un portal para arremangarse el brazo izquierdo. La policía, esa res brava que necesita rebajarse e ir de chulos para poder trincar un poco de poder en unas calles de mala muerte, en hostales que huelen a chusma.

Tres y el Hombre

Da canguelo, lo reconozco. Leyendo las páginas de La Escena he sentido miedo, lástima, agobio, pena y suciedad. Pero por encima de todo he sentido un «cuelgue» de los que merecen premio. Y es que aprendes a gatear antes que a caminar:

―Adelante, señorito diplomado ―dijo Davis con sorna―. Te doy permiso para que te pateen el culo. ―Le clavó un dedo en el pecho―. Pero recuerda que tienes mucho que aprender. Antes de caminar hay que aprender a gatear.

Ese Davis necesita del barrio como los yonquis un chute. El personaje machote, uno de los tres negros que han llegado a sargento, necesita que sus calles sean lo que son, calles, no estercoleros. Y Cooper diseña un puño bravo al que no se la dan con queso, el típico individuo sin el que el todo sería la nada. Pero el todo necesita empezar de la nada e ir sumando ingredientes. Un Patterson que aprende a base de patadas en el culo. Dos personajes con las espaldas bien cubiertas por un Cooper magnífico.

Y el capo, el jefe, el más «chorlito» de todos, como engranaje a toda este horror show. Rudy Black, el gallito del corral, ese a quien, sin su tapón de blanca, se le comen los fantasmas aunque se pasee con un cadi por delante de los morros de los colgados. El antihéroe más barriobajero que me he encontrado nunca y que mataría por el Hombre, el que mueve los hilos en la red del narcotráfico. Siempre en la sombra, manipulando. Ya está Black para salir al sol y cantar de lo lindo.

Maravilla entre la mugre

Quizá para los más escépticos este artículo les parezca un poco pobre. Solo he pretendido resaltar unos aspectos que hacen de la narrativa de Clarence Cooper Jr. algo excepcional: la locura de leer semejante perla literaria, descubrir unos personajes que «acojonan» por su fuerza y una escenografía que da escalofríos, provocan que la novela negra suba de calibre como el colocón más fuerte de cualquier «cuelgue». Nunca pisaré La Escena, pero os aseguro que leerla de nuevo, la leeré.