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'La muerte del vazir-mujtar', de Yuri Tyniánov
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 16 mayo, 2021
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La muerte del vazir-mujtar es ese vals representado en el Bolshoi de la condición humana. El teatro de La desgracia instalado en la Rusia de principios del XIX. Yuri Tyniánov se convierte en ese formalista «prisionero del Cáucaso» ofreciendo una de las obras más carismáticas, representativas e importantes de la literatura rusa.

Son palabras de Pushkin —ficcionadas, tal vez, pues hablamos de su biógrafo— que reúnen algo más que un significado (estos formalistas siempre en guardia): «Y de pronto se acordó de Griboiédov. Griboiédov lo rozó con su fina mano y dijo: “Yo lo sé todo. Usted no conoce a esta gente. Morirá el sah y saldrán a relucir los cuchillos”. […] “No somos un pueblo curioso… Un hombre extraordinario… ¿Tal vez un Descartes que no hubiera escrito nada? O ¿un Napoleón sin la compañía de sus soldados?”. “¿Qué lleváis ahí?”, recordó. “A Griboied”». Alma de Griboiédov. Admiración envidiada de un Pushkin en su salsa. Todos los elementos para satisfacer el ansia de una escritura completa.

La muerte del vazir-mujtar es historia, literatura, arte, liberalismo, zarismo y denuncia crítica de un mundo que engloba todo ello. Hablamos de temática constructiva. Desde el decembrismo más plausible hasta la concepción del mundo como una obra de teatro que se sucede, acto tras acto, en escenarios universales, da igual la generación que aplauda a los actores. La deliberación por designar una autonomía al poder —personal e institucional— es transformada en una poética tragedia clásica mostrando al lector una globalidad temática narrativa.

La muerte del vazir-mujtar, la novela de Tyniánov, primera vez publicada en español por Automática Editorial

El teatro

«¿Qué es un vals? Es un poema musical que adopta formas deliciosas, o, mejor, un poema que puede adoptar cualquier forma concebible. Los valses pueden ser vivos o melancólicos, fogosos o tiernos, bucólicos o marciales; su compás es libre, y resuelto, y capaz de admitir toda clase de cambios, como un caleidoscopio». Pues este era bucólico y marcial..

Escribir sobre La muerte del vazir-mujtar resulta complicado, más cuando ves representado en la obra todo lo que se puede decir de ella. Estamos ante una obra teatral completa, con sus tramoyistas, sus actores secundarios e, incluso, ante el público más selecto. En una de esas cenas —«batallas literarias»— se descubre la intención: La desgracia de ser inteligente. Es en ese momento cuando uno descubre que la propia desgracia es no formar parte de ella desde el principio. Un Griboiédov independiente, (in)maduro y pasional por su propio interés, el literario, por supuesto, que desafía ese orden desordenado y malintencionado del poder.

Un interés que le lleva a protagonizar su propia desgracia por no ver que las revoluciones siguen un cauce concreto —y las aguas son inteligentes—. Tyniánov utiliza el poder de la palabra, de su «sistema literario» para transformar una historia de paz en una batalla entre imperios del lujo y la conspiración.

Y ¿qué quiere que haga, Nil Petróvich? En mi juventud yo creía que bastaba con responder de una forma lógica. Existe la injusticia. Ergo, debería ser eliminada. Pero las respuestas inteligentes no son lo bastante fuertes, por lo que se ve. Después de Pável Ivánovich no ha quedado en Rusia mucha inteligencia. Debería entenderlo.

En este escenario, la obra de teatro tiene un éxito asegurado. Griboiédov es ese prisionero en todos los actos, cautivo en la representación de una historia que se repite, que deja vivir según quién y cómo. Mentir es un aval de condecoración, y hacerlo por misivas tiene, además, el complemento poético ideal para que aumente la relevancia en la sociedad. El amor no está solo en el corazón, sino que habita en los rincones más insospechados del uniforme, del harén o de una caja que simula un cajón de fruta fresca.

El arte literario

Asusta, es cierto. Leer a ciertos autores, desde el punto de vista subjetivo que me domina, son palabras mayores —obligadas, en cierta medida, pero mayores—. En el caso de Tyniánov y La muerte del vazir-mujtar es más aterradora la facilidad con la que construye una novela de semejante envergadura a base de referencias literarias de otros tan grandes como él. No en vano afirman muchos que en la obra que tenemos delante confluyen la gran mayoría de los elementos formalistas que Tyniánov acunaba en protección.

La brújula bailaba en la nave rusa. Como en 1814, la movían un cisne, un lucio y un cangrejo, pero el cisne había muerto hacía tiempo, el lucio era iletrado y el cangrejo se hacía llamar vicecanciller. No obstante, el cisne muerto hacía tiempo, el lucio y el cangrejo coincidían en una cosa: hacía falta dinero.

Leerla es un desconcierto, aunque necesario desde la intrusión en el primer instante. Apreciar todos los detalles es descubrir una lucha interna entre el yo literario y el tú lector. Quizá al contrario. Narrar el último año de vida de un diplomático ruso, dramaturgo, poeta, literato y quién sabe qué cosas más —posiblemente sí lo sepamos, un guiño a la completa estructura de la novela— de una forma tan personal implica un interés añadido en la perfección narrativa de Tyniánov. Un compendio de billetes de ida y vuelta transformados en búsquedas de dominación y sumisión; unión de políticas exteriores y la exteriorización de la obra literaria.

La muerte del vazir-mujtar es esa brújula de la que hablaba Tyniánov, aunque sin bailes ni vodkas para corregir la inestabilidad. Una sátira hacia la política imperialista, hacia el imperialismo literario y hacia la vil mentira de la vida misma, como una batalla napoleónica en puertas del palacio del sah pero con los martillos artesanos sacados de un bazar o de un callejón de Moscú en marzo, en el que a las 5 de la tarde no hay luz, ni hay oscuridad. Elementos que conforman un todo: persas, rusos, del Cáucaso o de ninguna parte. Ese todo es literatura. Magnífica y esencia, por cierto.

Libro publicado por Automática Editorial


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