‘La noche de la pistola’, de David Carr

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MÁS QUE PALABRAS

«Ser drogadicto es ser una especie de acróbata cognitivo. Difundes versiones de ti, y das a cada persona la verdad que necesita oír ―la que necesitas tú, en realidad― para mantenerlos a cierta distancia. ¿Cómo concilias, pues, ese montaje de engaños con la auténtica historia?». Esto es La noche de la pistola.


La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K. O.)

Hay muchos artículos desgranando las idas y venidas, los desfases, los excesos de aquellos que ofrecen su vida al «viaje programado» de las drogas. También los hay, y cuando un personaje es relevante en la sociedad ―más si representas, en mayor medida, a uno de los grandes como The New York Times― no pasa desapercibido en las redes y en el mundo virtual, sobre el caso específico de David Carr.

No pretendo, o sí, ser uno más de los que colabore a alimentar la base de datos. Carr dijo una vez que, si te bloqueabas, debías revertirlo escribiendo (dirigido a su mundo, el periodístico, claro está. Pero me sirve). Al terminar La noche de la pistola me bloqueé, es cierto. Dejé pasar tiempo, no mucho. Y ahora sigo la senda del señor Carr y empiezo a escribir. Igual averiguo si, esa noche, la pistola la empuñaba Donald… o él mismo.

Aquel tipo

Aquel tipo empezó a ser periodista y, poco a poco, el color blanco sustituyó al negro de la tinta. La noche de la pistola no va de tiros ―de bala―. Son otros tiros. Unos tiros que agujerearon su vida más que las agujas. David Carr habla, en la primera mitad de este ensayo autobiográfico, de la primera mitad de su vida, y llamadme morboso, sádico o lo que queráis, pero lo hace de manera casi divertida. Me explico.

―Ya nos alejábamos, y estoy seguro de que mi corazón aún latía a cien kilómetros por hora. Y tú dices algo así como: «Buf, me alegro de que hayas pasado la prueba (de alcoholemia), porque hay una cucaracha enorme de cocaína debajo del asiento delantero.

Anécdotas que reviven una y otra vez el infierno por el que aquel tipo andaba descalzo, quemándose por dentro, sin ver esa realidad ―en parte, sí era consciente― de la que hablaba al principio. Son situaciones curiosas, casi increíbles para la «gente normal, los no alcohólicos y los no drogadictos». La intensidad con la que narra todos esos batacazos pone al lector los pelos de punta. Según vas viviendo esas experiencias, vas dándole el valor que se merecen cada una de esas palabras.

Un Fast car al son de Chapman

Es sorprendente la velocidad con la que Carr aborda su pasado con entereza desmedida. Toda esa vida de recaídas, de chutes, de pipas de crack, está narrada desde los recuerdos que se creen reales. No crees que esa persona pueda sobrevivir a ese desenfreno caótico, a esa conciencia adulterada por toda clase de sustancias químicas, durante tantos años. ¿O no son tantos?

No sé si conocéis la canción Fast car, de Tracy Chapman. Carr hace alusión en un momento de su revisión del informe de su vida «laboral» a ella. Resume perfectamente aquel ciclón que el propio autor admite no recordar como sus entrevistados le cuentan ―algunos aspectos sí, no vamos a engañarnos― y que hace que se replantee, más de una vez, qué realidad es la que vivió y si, realmente, la vida le echó un cable.

Este tipo

Podríamos decir que Carr es este tipo. Este tipo que recorre su pasado para entender su redención a la vida, a su carrera profesional gracias a que la canción de Chapman apenas dura cinco minutos. Una vida con estructura en V plasmada en quinientas páginas. «Debes transformarte de aquel tipo a este tipo». En mi opinión, fue el mantra que permitió renacer al Carr periodista, profesional… y padre.

Repasar mi historia ha sido como arrastrarme sobre cristales rotos en la oscuridad. Yo pegaba a las mujeres, asustaba a los niños, agredía a desconocidos, y era un mentiroso y un tramposo crónico con tal de obtener la siguiente dosis. He leído sobre aquel tipo con la misma sensación de repugnancia que tiene casi cualquiera. Qué. Gilipollas. Aquí, a salvo en mi escondite de las Adirondack, donde estoy recomponiendo la historia de aquel tipo, pienso a menudo que tengo muy poco en común con él. Y esa distancia me empuja a seguir escribiendo hasta que se convierta en este tipo.

Así como este párrafo sirve de intermedio en La noche de la pistola, después de la lectura completa el lector comprende que fue, también, el intermedio en su vida. No voy a mentir y decir que este ensayo ―casi novelado― está escrito al más puro noir ficticio. Es muy crudo, al igual que es crudo el valor de esta obra en la que, de compartir la pipa de crack, pasamos a cuidar de dos niñas, casi siempre con «el mono de invierno».

Un apoyo involuntario

Quizá aquella noche en la que dejó a dos bebés en el coche, aparcado en la puerta de su amigo, y entró con la idea de pillar y salir pero «salió con todo puesto», encendiera una bombillita en el estercolero cocainómano de Carr. Y es que las referencias a sus gemelas, a esas dos criaturas que nacieron fruto del «amor con Anna y sus polvos», como apoyo en el camino a su vuelta a la normalidad, están presentes en toda la obra.

Pero de lo que no hablabas era de lo difícil que resultó mantenerte limpio. Siempre supiste que estabas a un segundo de volver a donde estabas, pero sabías que las niñas dependían de ti, y estabas completamente decidido a cumplir.

La sinceridad con la que aborda los cuidados que tuvieron sus hijas en sus primeros años de vida no presagian una buena salida. No esconde nada. Carr imaginaba que le vigilaban, que la policía estaba a punto de venir a por él y, dentro de sí mismo albergaba la esperanza de que fuera así y se llevaran a las niñas. Hasta la próxima dosis. Hasta esa noche, con las niñas en el coche con sus monos de invierno. Erin y Meagan dieron al interruptor.

Con la pistola en la mano

Después de más de setenta entrevistas, grabaciones de audio y de video e investigaciones sobre expedientes y documentos, no sabemos con certeza si la pistola estaba en la mano de Donald o en la de David. Su realidad o la nuestra. Una cosa queda clara. Carr no dejó el periodismo en ningún momento de su «viaje» y eso le ha permitido realizar una magnífica recopilación de sufrimientos, dolencias ―no solo por el cáncer y los problemas de salud posteriores, otro tema paralelo a la pistola― y palizas que le han servido para convertirse en lo que fue al final de su vida.

Siempre habló de ser un hombre, de convertirse en un hombre. La fama le precedía y siempre le acompañó. Aunque al final de La noche de la pistola leemos a un hombre ya rehabilitado, Carr recalca que se había recorrido tres cuartas partes del camino. La vida es dura, sí, es un tópico, pero David Carr transforma ese tópico en palabras, en un ensayo obligatorio de lectura, en una vivencia intensa que el lector necesita vivir. No por conciencia, sino por averiguar quién empuña la pistola.

Libro editado por Libros del K. O.