‘Los habitantes del bosque’, de Thomas Hardy

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Con evidencias de un desarrollo social, político y moral en ciernes, Los habitantes del bosque ilumina, como los rayos de luna llena ese vallado blanco recién pintado de Fitzpiers, una literatura de presión, evolución y revolución. Un tratado sobre naturaleza ―instinto de supervivencia― que solo una pluma como la de Thomas Hardy puede firmar.


Los habitantes del bosque, novela victoriana del gran Thomas Hardy, publicada por Editorial Impedimenta

Pues ¿cómo podría una dama deshacerse de su bien más preciado? Unos rizos de color castaño, de una tonalidad jamás conseguida de manera artificial, capricho de alta alcurnia y moneda de cambio para una supervivencia, en parte, digna. Compartiendo protagonismo con la naturaleza, así como un árbol debe plantarse orientando las raíces hacia el máximo apoyo posterior en la tierra, Thomas Hardy, con sus manos firmes y expertas, define el orden natural de su literatura. Firme, pero seguro, como Marty South.

Pues gracias a Dios, entonces ―se dijo Marty―. Así conservaré lo que me pertenece.

Los habitantes del bosque es Marty. El inicio, el plantel que germinará en una filosofía literaria de cambios, de ambiciones, de matrimonios, de ignorancia… De ver la vida de forma natural, de virtudes y defectos. También es Grace, Giles, el comerciante de madera, Fitzpiers y la señora Charmond. La sidra y el descorchar de los troncos. Marty. No puedo olvidarme de Marty. Inicio y fin.

Una época difícil

Complicada tarea es escribir sobre una novela de semejante envergadura como Los habitantes del bosque. Hablamos de un siglo XIX ya en el ocaso, prácticamente, y de una de las narrativas más complejas. Esa complejidad viene de la mano de la intención, de la denuncia y la, considerémosla así, obsesión por una literatura de transición revolucionaria. Es tarea difícil. Hay un fragmento que podría esbozar una ligera imagen de todo aquello que representa.

«Era uno de esos lugares aislados del resto del mundo, donde se puede hallar más reflexión que acción y más apatía que reflexión; donde el razonamiento procede mediante premisas limitadas y resulta en deducciones de una imaginación salvaje. Donde, no obstante, la realidad representa a veces tragedias de una grandiosidad y una unidad verdaderamente sofocleas, en virtud de las pasiones concentradas y de la interdependencia tan abigarrada de las vidas que contiene.»

Dónde poner un límite a la interpretación individual de la obra de Hardy sería como vallar toda Wessex, esos paraísos boscosos en los que cada uno de los que habita en ellos vincula su libertad a la del resto. Libertad, bonito término. Una libertad marcada por un período que carece del concepto moderno, aún en la época de un Wilde protestón a quien pocos han leído. La naturaleza es, para Hardy, ese Tiempo ―la perfecta personificación― que transcurre, sabio ante los ojos de la sociedad, la que adapta sus convicciones para una justa realidad: la vida misma.

Sutil ironía

Los habitantes del bosque es, en su totalidad, una irónica crítica convertida en literatura de culto. Podemos empezar por el sistema de clases y terminar con la figura de la mujer en un papel de posesión material del que ellas, como esos álamos que crecen libres, son dueñas y señoras. Importante el concepto de ironía, no olvidemos la esencia. Y es que los personajes a los que Thomas Hardy da vida en Little Hintock son el bosquejo de una caricatura social a la deriva, tanto en planteamiento como en virtud.

Ese padre que aspira fervientemente la alta alcurnia que ha rodeado en los últimos meses a su preciosa hija, su bien más valioso, pero que batalla internamente con ese enemigo del sistema de clases: el honor. Esa hija que complace a su padre, que anhela esa alta sociedad por encima de ese vestido postizo, digno de cualquier hija de leñador. Una educación impuesta, agradable a la vista de desconocidos pero reveladora de verdades incalculables ante aquellos que le rodean.

La principal la constituían las formas en espiral compuestas de espino blanco y negro: una figura lograda a través de una lenta tortura que consistía en rodear durante su crecimiento al arbusto con una madreselva, así como se dice que los chinos moldean a los seres humanos y los transforman en juguetes grotescos mediante la aplicación desde la infancia de una constante comprensión.

La Naturaleza es sabia, nadie duda de ello; la posición social llega a alcanzar un estatus grotesco en Los habitantes del bosque, permitiendo que el Tiempo sea dueño y señor de un paisaje de pesimismo bucólico. No hay más que recurrir a aquella mitología clásica y escandinava, a ese libro sagrado en el que la norma prevalece a la religión, para mostrar, mediante la magnificencia de la palabra, una ignorancia raspada por el supuesto analfabetismo de quien más posee. En este caso, pericia en talar.

Amor, siempre presente

El recato, victoriano, por supuesto. Dama que esconde su pericia tras una lánguida expresión en el rostro. No hablamos ya de tríos amorosos, orgías de cortejos, sino de una mujer harta de dominios particulares. Hablar de Hardy es hablar de cambios, y es maestro en la materia a través de la literatura. Una ley que permite el divorcio como liberación… del hombre. Vuelve a aparecer la libertad. Esa misma que no llega, que convierte los sueños en metas inalcanzables y que ahoga la resolución amorosa por la vía legal.

En Los habitantes del bosque siempre hay rayos de luz que atraviesan los espacios que dejan las ramas más altas al balancearse a causa del viento. El papel de la mujer guarda un doble fondo, donde la mojigatería oculta una percepción del mundo mucho más real y que obliga a una dama a jugar todas sus cartas.

Gran parte de su confusión provenía del asombro y de la alarma de verse en cierto sentido dominada mental y emocionalmente por aquella simple estudiante.

Entra en juego ese pesimismo que caracteriza la narración de Hardy. Un preludio de lo que será una lucha constante, una tristeza que nunca termina de marchar, de no conseguir el objetivo fijado. El padre perdió su posesión hace tiempo. Siempre lo supo. El hombre está ahí, al acecho, esperando a atrapar la posibilidad de ser cazado. La irónica ironía. Difícil ser un leñador en el sur de la Inglaterra de nuestra querida Victoria.

Marty y Giles, a instancias de una opinión lectora

El inicio y el fin. Con sus rizos empezó todo. El transcurso de la vida está lleno de senderos, de caminos ―no todos se pueden recorrer con carruaje, ¿verdad, señora Charmond?― peligrosos. Observar con perspectiva, admirar y aprender de la madre Naturaleza, donde la virtud está intacta y la vida, como los manzanos, ofrecen su fruto para exprimirlo y así, escanciar su jugo.

A veces la sociedad no permite esa transición hacia la verdadera educación, una evolución que puede costar una fiebre tifoidea y varias noches húmedas. El respeto, el honor, la igualdad y la sentencia mortal del clasismo a morir en la horca no siempre acuden a socorrer al ser humano. Pero, como nota final, gran compositor Thomas Hardy, siempre hay espacio para el interés de alcanzar esa clase alta… intelectual y espiritualmente.

Giles y Marty no son sino moralejas de una fábula construida desde los cimientos de una pequeña sociedad, alimentada por los sonidos de la naturaleza. Son la parte y el todo de Los habitantes del bosque. La representación literaria de una extraordinaria lección ―me atrevería a decir que moral― en la que el maestro Thomas Hardy, de forma elocuente, muestra qué puede hacer la literatura por esta sociedad ―¿siglo XIX?― atemporal. Atemporal, como su narrativa. No podemos olvidarlo: es, y siempre será, Thomas Hardy.

Sin embargo, tú y él hablabais una lengua que nadie más conocía, ni siquiera mi padre, aunque a punto estuvo de aprenderla: la lengua de los árboles, de las frutas y las flores.

Libro publicado por Editorial Impedimenta