Mujeres de Roma, de Isabel Barceló Chico

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Hay libros que merecen una introducción cuando uno procede a hacer una reseña, una entrada o un artículo sobre él. Otros, sin embargo, no precisan de tal complemento. Y otros, como el que nos ocupa en estas líneas, Mujeres de Roma, simplemente necesitan un calificativo —convertido en sustantivo—: Maravilla. Ya no es solo por alabar el estilo de su autora, Isabel Barceló Chico, que también, sino que este ensayo histórico merece una apreciación lectora por parte de los entusiastas de la historia, más concretamente, por la de Roma, un tanto especial y detallada.

Me gustaría ya entrar en materia y perderme por las calles de la Ciudad Eterna, acompañando a todas sus protagonistas. Pero quisiera antes citar al prologuista de la obra, Carlos García Gual, quien define a la perfección esta magnífica lectura con las siguientes palabras:

Con muy fresco y claro estilo, esta vívida y precisa narración de Isabel Barceló puede usarse como amena y singular guía histórica de Roma y, a la vez, leerse como un emotivo texto novelesco poblado por inolvidables figuras femeninas.

Un ensayo novelado como viaje topográfico

Tiene mucha razón García Gual. Isabel Barceló nos invita a recorrer, con sus palabras, esas calles de Roma que vivieron, a lo largo de los siglos, la vida de esas heroínas tantas veces olvidadas por los historiadores. Sí, hablamos de un viaje topográfico en el que la autora, comenzando el recorrido por la vía Appia, nos desglosa una historia romana diferente. Sin pecar de academicismo, sin pretender narrar una ficción histórica, a lo largo de quince capítulos el lector puede descubrir muchos siglos de valor, de estrategia, de pasión y de amor por aquellos que rodearon a estas mujeres.

No clasifico de ensayo ni de novela la obra. O sí. Quizá, una mezcolanza de arte literario:

Las madres, sabedoras de esos peligros, exhortaban a sus hijas a moderar sus impulsos amorosos hacia los varones: cuánto mejor era no dejarse dominar por sentimientos distintos del respeto o, si acaso, el cariño. Hasta la dignidad se pierde. Mirad ahora mismo a Horacia, incapaz de contener su dolor, mesándose los cabellos y gimiendo en medio del camino, a la vista de todos.

El lector podrá observar, a lo largo de toda la obra, cómo Barceló combina la narración histórica con la interacción con aquella persona a la que se está dirigiendo. No es que esté narrando la historia de Horacia y esa madre que demostró un amor incondicional tanto por su familia como por las leyes. Nos lleva más allá, a ese camino hacia la vida de tantas protagonistas como los saltos temporales que ocurren, ilustrando la geografía romana.

Desde la vía Appia hasta el Trastévere, desde el Palatino al Pincio, asistimos a un viaje atemporal en pro del papel olvidado de la mujer en la historia más significativa.

La cronología, fiel amiga de la historia

Algo importante aprendemos —vuelvo a utilizar las palabras de García Gual, considerando fervientemente que Mujeres de Roma es una guía histórica precisa— mientras recorremos la geografía romana. El papel de la mujer ha sido, y es, esencial a la hora de construir una historia. Antes comenté que era un viaje atemporal. Ahora entendemos mejor el concepto. El de Horacia no es más que un ejemplo del inicio de una lucha que continuará, siglo tras siglo, hasta nuestro días. Y digo inicio por mantener relación con la obra. Y digo ejemplo porque ya, desde la fundación de Roma —una loba, también, como protagonista—, las mujeres tuvieron voz, acallada muchas veces pero esencial, y «voto», entendido como actitud.

Es una afirmación atrevida, uno es consciente de ello. Quizá no pensó lo mismo, en su día, Giuditta Tavani:

Implicada en en cuerpo y alma en la consecución de ese ideal, un empeño de muchos burgueses entre los que se contaba, Giuditta caminaba por donde antes lo hizo la Fornarina velándose las facciones, pero no para ocultar su belleza, sino su actividad clandestina […]. En la fábrica de lana que regentaba su marido en la vía della Lungaretta, junto a su casa, estaba reuniendo un arsenal de donde podrían proveerse de armas los seguidores de Garibaldi en cuanto se acordara realizar una acción de combate.

La claridad con la que Barceló implica al lector en ese papel fundamental de la mujer se alimenta de ese viaje en el tiempo, como podemos observar en el párrafo anterior. Misma vía, dos mujeres, dos siglos (trescientos años les separa), dos voces, dos «votos». Fuerza y pasión. Hablamos del siglo XIX. Agripina la Menor, Livia, Lucrecia, Paulina Bonaparte, Anita Garibaldi, Beatrice Cenci, Artemisia Gentileschi… Son una misma voz a lo largo de muchos siglos de historia.

Hablamos de ‘Mujeres de Roma’

Hablar de Mujeres de Roma supondría plasmar en esta entrada, palabra a palabra, toda la obra. Isabel Barceló Chico ofrece algo más que un ensayo histórico. Ofrece una voz que narra, una historia que revive, una personalidad que se retiene en la memoria. En la memoria de tantas vidas olvidadas. Una obra que merece permanecer en la memoria. Retenerla. Disfrutarla. Mujeres de Roma necesita ser leída. Porque disfrutar, querido lector, tiene título; y tiene nombre y apellidos. Por mucha historia que nos acompañe. Siempre. Reitero en la primera frase de esta entrada: Maravilla.