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'Nada es crucial', de Pablo Gutiérrez
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en NARRATIVA en 13 diciembre, 2020
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Leer Nada es crucial es navegar por el lenguaje perfecto. Acompañar una tarde de domingo con un paseo de la mano de Pablo Gutiérrez es descubrir callejones de realidad desestructurada, engranajes bien engrasados que desarticulan el mundanal universo de la raza humana. O de todos los seres vivos. Porque los gatos no son malos. Las ratas sí te muerden los dedos si no te limpias las uñas después de comer.

Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez,una denuncia ácida, irreverente, exquisita y literaria que La navaja suiza Editores ha rescatado de su letargo.

Desde hace un tiempo acompaño mis escritos con citas extraídas de las obras que comento. Simple ejemplo de ideas que vienen y no se esfuman cuando entras dentro. Es posible que esas citas llamen la atención o despierten una visión —certera o errónea, pero propia— de aquello que estamos leyendo. Llegado el caso, creo plausible prescindir de estas notas. No es que no haya nada crucial en esta novela; quizá, jugando al juego inventado por el autor, sea justo todo lo contrario. ¿Cómo saber qué fragmento es crucial en esta obra, si todo es, en sí, crucial?

Dejando de lado un prólogo —esencial según mi percepción— de otro grande de las narrativas de este país, entrar en Nada es crucial es abrocharse un cinturón de seguridad. Todo está en su sitio, pero mejor asegurar que no desperdigar las cosas a causa de unas turbulencias, muchas veces deseadas, otras ineludibles, mientras recorres las páginas de un diario con candado acorazonado y páginas con marcas de agua rosáceas, pero pálidas y tristes.

Entrar en MundoPablo

Se agolpan las ideas y no salen las palabras. Qué irónico cuando se trata de hablar de una obra literaria donde el lenguaje es exacto, las palabras son exquisitas y la narrativa hace que abras los ojos y empieces a creer. Hablo de lenguaje porque es lo primero que hace que te des cuenta de qué tienes en las manos. Solo empezando a leer notas unos incisivos clavándose en tu mente y la acidez empieza a hacer mella en una interpretación irreverente de la novela. Porque, niños, vamos a dibujar algo inconformista.

Sí. Niños. Somos niños, y es ahí donde Pablo Gutiérrez nos empieza a torear, gran maestro —literal— del verbo, del sarcasmo y de la denuncia. Nada es crucial es diferente, una lección de amoral adoctrinamiento —si vamos por la rama neocristiana, claro está—, una jarra de agua fría en lecciones vitales y un desmoronamiento personal como arma para la construcción del personaje fuerte, ese superhéroe de comic ajado y con las tapas medio rotas. En conjunto, es la ausencia de mediocridades literarias, la originalidad en la narración y la perfección dramática en temática de denuncia.

La llegada a Mundofeo

Seguimos, niños queridos, dibujando. El bloc de dibujo aún tiene muchas páginas en blanco, apenas dos hojas arrancadas y sin virutas en el gusanillo. Quedan muchos escenarios y muchos personajes y personajillos y superhéroes y villanos y gatos y hobbits y orcos por dibujar. Toda una maraña de construcciones personales que derivan en un mismo paraje: Mundofeo. Si antes hablaba de perfección en el lenguaje, la guinda es el neologismo de MundoPablo.

Pablo Gutiérrez hace que te sumerjas en un mundo de sarcástico inconformismo, siempre edulcorado por una divertida, dura e irónica denuncia de un mundo contemporáneo sometido a la caja tonta, la “siemprencendida”, a los prototipos marcados por el “así debe ser” y el “todo en su sitio”. Esa denuncia viene vestida con metáforas enlazadas, constantes referencias al cine y a los cómics de culto que hacen que vivas en un mundo paralelo mientras la “palabra del buen Jesús” va entrando en ti, amando cada vez más Nada es crucial.

Observando desde la ventana del Propietario

Es grande hasta el narrador. Desde la ventana retro de un mundo aparentemente lejano, deja sin nombrar cada uno de los personajes y los “bautiza” —viene al pelo— con su más característica (a)moralidad. Parece como si el mundo no sea el correcto, como si los destinos de Magui y Lecu fueran sacados de una película de finales de siglo, dándonos cuenta de la gran lección que Pablo Gutiérrez nos está dando desde la ficción de Nada es crucial. Y esa lección culmina en la ventana del Propietario-narrador, suela de goma y billete al sur del paralelo 20 en mano, como si no fuera la cosa con él. Deberíamos contar cuántos propietarios-narradores hemos leído la novela.

Vuelvo a insistir. Muchas ideas, poca facilidad de palabra. No soy —somos— Pablo, qué le vamos a hacer. Solo puedo asegurar que una narrativa tan ácida, tan irreverente, tan demoledora como la que encontramos en Nada es crucial es difícil de asimilar si no es con una magnífica narración.

Quizá este no sea de mis mejores artículos. Pero finalizar la lectura de esta novela ha significado descubrir un uso del lenguaje magnífico, un desgarro de fuerza bruta literaria y una incisiva muestra de que la literatura, para Pablo, no es cualquier cosa. Solo hay que leer Nada es crucial para darse cuenta. Y eso, queridos niños, sí que es lo mejor de este artículo.

Libro publicado por La navaja suiza

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