‘Noche cerrada’, de Chris Offutt

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MÁS QUE PALABRAS

Una llamada a la lucha por defender aquello que es tuyo. La vida muestra muchas caras, pero sobrevivir está en manos de cada uno de nosotros, ya sea defendiendo a tu familia, repartiendo cerveza en territorio de ley seca o aferrándose a un ladrillo húmedo de una celda. La Noche cerrada oculta esa claridad que se atisba entre las hojas de los árboles en la colina. Chris Offutt lleva la linterna.

Noche cerrada, de Chris Offutt, nos ofrece un viaje al Kentucky profundo en un noir perfectamente diseñado. Publicado por Sajalín editores

Necesito volver de esas colinas. Abrí esa mágica caja que es la imaginación y viajé muy lejos, a esas tierras donde la luz se filtra por los poros de tu piel, donde las tormentas hablan por sí solas y donde los árboles vigilan su apacible existencia. Recorrí la vereda del Licking en una camioneta que más valía que el motor no parase. Comí serpiente en guiso. Sentí cómo el hogar se convertía en refugio y en prisión. Y necesito volver. Reunirme conmigo mismo en el lugar que me corresponde. Sí. de eso se trata.

Noche cerrada no es oscuridad, sino adaptación a la luz. Puedes ser un veterano de guerra condecorado ―once veces, nada menos―, un contrabandista o un bebedor de matarratas de centeno. Offutt ha colocado entre nuestras manos callosas un perfecto manual narrativo sin obcecadas pretensiones de frivolizar un simple acto delictivo. La justicia, la supervivencia, el «yo» mismo y «mi» familia es la narrativa perfecta de esa oscuridad que, sentado en esa piedra, en ese rincón especial en la colina, da paso al claro amanecer.

Los dos Kentucky

Hablamos de una escena rural con toques de evolución lenta. La lectura de Noche cerrada envuelve una excursión individual a ese Kentucky de tierra, grava y hojas secas, donde sus habitantes personalizan un estilo de vida propio, anclado en el «siempre ha sido así» y en el que responder a una pregunta lleva implícita la intencionalidad y la consecuencia. Recibe visitas del Kentucky de asfalto, de los trajes a medida y de los soplagaitas de despacho. De la ley empapada en inexistente alcohol y del contrabando sobornado. Nada es blanco o negro. Todo es gris.

Una lenta evolución que Offutt personifica en ese veterano de guerra, introvertido y que nunca dice una palabra si no ve las cosas claras. Tucker es la imagen de una vida dura, de ese Kentucky de tierra que se adapta a las circunstancias no sin antes sufrir el dolor de violar su propia identidad.

De pronto se sintió invadido por una sensación de añoranza por el ejército: las instrucciones explícitas le habían simplificado la vida. Ahora tenía que discurrir como un oficial y darse órdenes a sí mismo.

Cruda decisión si quiere vivir en paz. Contrasta esa vinculación del ser humano adaptado con adoptar el sentido de la vida misma, de formar esa familia y mantenerla a salvo, de amar a unos críos «defectuosos» por encima de todo, saltándose la ley si hace falta. La vida es la que enseña. El ser humano es el que aprende. El que necesita aprender.

«Yo», dueño de mí mismo

Leer Noche cerrada es duro. De una dureza… tierna. Hablaríamos horas de la mínima coralidad de una narrativa anclada en un pasado crudo, de empatía perversa. Y es que el eje posee un engranaje hecho a medida. No hay modo alguno de dejar que la mente salga de Kentucky, del porche de esa casa y de las esperas de contrabando. Siempre aparece Tucker: Big Billy y Tucker; Rhonda y Tucker; Jo y Tucker… Tucker es el dueño en sí mismo, Offutt le ha cedido la propiedad.

Tucker estaba encerrado por elección propia, algo que jamás le confesaría a nadie. No pensaba en términos de culpabilidad e inocencia, de lo que estaba bien y lo que estaba mal, de si merecía o no estar allí dentro. No se arrepentía de nada y no culpaba a nadie. Le estaban pagando.

Todo en la vida de Tucker tiene un sentido, una causa, un efecto. Noche cerrada no existiría sin Tucker. No podría ser Bob, ni Richard, ni Jimmy ―buen elemento, también―. Offutt presenta «al» personaje. Hecho a sí mismo, tipo bajito, sabe muy bien lo que se hace y por qué lo hace. Nada es casual. No leeríamos esta maravilla sin el sentido de la justicia, del respeto, del amor a la familia. Es lo que provoca, simplemente. He acompañado a Tucker desde que terminó la guerra, y me ha demostrado cuán dura es la supervivencia por vivir en paz.

Crímenes y castigos

El que la hace, la paga. Kentucky de tierra. Más que una noir de las buenas, diría que es una gris de las mejores. No olvido los crímenes, la cerveza en esos coches de reparto y las redadas pactadas. Pero el engaño solo tiene vida fuera de los límites de la propiedad de los Tucker. Dime por qué y lo hablamos. Pero saca esa recortada de detrás de la puerta. Las cosas claras; no sirven esas conversaciones que empañan como cortinas de humo el significado de una mala estrategia de engaño.

«Estaban Adán y Eva ―dijo Tucker―. Y luego los dos críos». «Sí». «Caín mató a Abel. Y luego Caín se casó y tuvo hijos». El sacerdote asintió. Los presos solían sugerir que eran hijos de Caín para justificar sus crímenes, sobre todo los homicidios. «¿Y se puede saber de dónde salió la mujer de Caín?», dijo Tucker. El sacerdote no volvió a visitarlo.

Solo se necesita vivir tranquilamente, con la familia, con el calor del hogar y con el amor a lo(s) tuyos. Hay que jugarse el tipo, eso está claro. Pero lo pactado, sin excusas. Ni Beanpoles ni Jimmys, porque lo mío es lo primero. No se pide más. Ni un dólar más. Si los padres de la humanidad solo tuvieron dos hijos varones… ¿Cómo estos tuvieron hijos? Temática brutal y magistralmente desarrollada y narrada en una Noche cerrada.

Siempre anochece

Aquí debería empezar una conclusión. No tengo conclusión. Offutt no me permite abandonar Kentucky, no puedo sino coger una taza de café, un paquete de Luckies y esperar a que Tucker aparezca. Le pediré que me cuente cómo fue aquel día, si el guiso de serpiente estaba rico de verdad, si esa tormenta en la que derribó un álamo en medio de la carretera fue tan fuerte… Que me cuente si el contrabando es digno de un Beanpole o si de verdad Jimmy habría meado en el bote de pepinillos. Seguro que, hablando, nos abraza la Noche cerrada.

Libro publicado por Sajalín editores