‘Nostalgia’, de Mircea Cărtărescu

MML LITERATURA

MÁS QUE PALABRAS

Sueño con que la Nostalgia me inunde el sueño esta noche. He estado dándole vueltas sin parar, viendo cómo me transformaba en un parásito de la palabra escrita, sintiendo resurgir las ansias de licuarme en unas líneas que han trastornado la lectura. No son más que palabras, me digo. Solo son palabras. Son palabras. Es Nostalgia.

Nostalgia, de Mircea Cărtărescu, narrativa breve exquisita publicada de este escritor rumano por Impedimenta

No soy hombre de arriesgarse en vano. Soy de los que creen, de los que escuchan, de los que no deciden. ¿Quién soy yo para decidir? La literatura siempre ha podido conmigo, soy un hombre fácil, sumiso a la palabra, fiel a los sentimientos. Una noche me imaginé jugando a la ruleta con una narración, salvo que era yo la bala y los orificios vacíos se me antojaban muertes descritas con belleza. Belleza de narrativa breve, muerte con sabor a dulce destino, no de las que te despojas de vida, sino de las que entras a formar parte de un todo. Ese todo es rumano, de la vieja Bucarest, de callejones con olor a ajo y edificios desconchados, de mundos subterráneos.

Ahora sé, con toda seguridad, que estaba siendo sometido a un control exhaustivo porque había sido propuesto para comenzar mi noviciado en el mundo subterráneo de la ruleta.

Transformaciones en materias oníricas, mis capacidades se han visto más de una vez trasladadas a un callejón donde escuchan a un muchacho delgaducho, solitario, imantado por su melódica literatura hablada convertida en palabras. Insisto en mi debilidad, no soy capaz de apartarme de aquellas historias que desde esa especie de trono hacen que crea más, más aún, sin que pueda escapar. Quizá me llamen débil; no soy ruletista. Lo sé. Quizá sí lo sea, a mi manera, a mi suerte. Creo que Cărtărescu sabe que lo soy. Me ha puesto a prueba, un desafío difícil de superar.

Sí, no voy a leer estas páginas en el cenáculo, porque no son literatura, son más bien una profecía terrible; las leeré en medio de la ventisca, por las calles, a la luz de los escaparates y en los tranvías, y encontraré a gente que me entienda y que me siga y rastrearemos toda la ciudad y encontraremos finalmente al Mendébil y sabremos que él es y lo comprenderemos y lloraremos y cantaremos, y él, cubierta por una piel de rayos, lanzando destellos azules, alzará los brazos y se elevará, iluminando la ciudad como si fuera de día, hasta las estrellas y hasta más allá de las estrellas, y nosotros seremos como de ceniza blanca, más puros, más puros… ay, no puedo más.

Miento. Sí puedo más. Porque descubrí que mi mente no era inquebrantable, y me adentré mucho más. Quizá soy ese insecto que necesita transformarse, no lo sé; sigo adelante en este mar de tristes imágenes y descubrimientos narrativos, como si un imán tirara de mi alma hacia el oscuro mar de la noche, solo alumbrado por la amarilla luz de una bombilla de lámpara de lectura. Es ella, o él, pero tira de mí; literatura o escritor, amante o amado, pero no puedo dejar de acariciarlo. Como el amor que duele, su escritura me encierra en una habitación sin salida, y de la que no quiero salir. Contradicciones que me conmueven, sin ser hermano ni idéntico, pero la Nostalgia no cesa de llenarme el vacío.

Vago por el laberinto de su mente, piso los pedales que mueven sus rodillas. Miro mis dedos pequeños y blandos, con el esmalte de uñas levantado. Con ellos he sujetado el bolígrafo. Así que ¿quién ha sido quien ha escrito esto?

Vuelvo a soñar con ese todo. Ni ese azar que lleva a la muerte no en vano, ni la transformación en ese insecto de la madurez observando la pluma ni el amor que puede y no es, sino el dolor. Ese todo que se sueña, ese todo que es, y que yo soy, o intento ser. La fase REM la llaman algunos. Y aquí estoy tras la puerta envejecida por el óxido, tecleando la cinta bicolor y leyendo lo que sería el todo. Ya lo he vivido, más bien leído, pero no me horrorizo. Como un ser tan largo como el día de junio dijo, solo puedo ser yo el que entre. Y he entrado de lleno en ese universo lleno de perfección, de literatura. Porque solo el que escribe desde ese Bucarest nostálgico puede ofrecer color al aire, olor a las palabras y vida al oficio de escribir.

Pero despierto de nuevo, sin saber muy bien si me encuentro entre las paredes amarillentas del granero al lado del torreón o dentro de mi cuerpo. Quedo pensando unos segundos, solo para centrar mi mente. De hoy no puede pasar, debo decirlo en voz alta, sin que me escuchen. Y te lo digo a ti, escritor cegador, no te hagas el despistado:

En mis oídos resuena tu voz, que desde hace ya un rato no percibo como sonido sino como pura sucesión de imágenes. Me siento extenuado tras esta noche en vela, me siento como si todos mis órganos fueran una combinación de goma y ácido clorhídrico. Casi ni me doy cuenta de que retomas el hilo de la historia. Tu historia tiene la temperatura de mi cuerpo, me hundo en ella aislando mis sentidos, dejándolos en manos de la ilusión.

Porque mis sentidos se acoplan, sin querer, a esa narración que añoramos todos los días y que tenemos delante. Sin darnos cuenta, alargamos los dedos y dibujamos un paralelismo acústico que, poco a poco, evoluciona en nuestro sueño, haciéndonos capaces de observar el universo desde arriba del todo, derritiendo, con la música de la Nostalgia, cualquier universo y convirtiéndolo en uno nuevo: el tuyo, el mío. Ya sea con el claxon de un viejo Dacia o con el sintetizador japonés, nos convertimos en uno, en todo.

Caigo de nuevo en un sueño profundo. Esta vez no suceden las imágenes, solo me dejo abrazar y me envuelvo en la oscuridad del pensamiento. No quiero ser una entre seis, ni descubrir mi deseo en una pluma, ni amar o no amar, ni entrar en el todo. Ni siquiera derretir al dios Sol. Quiero empequeñecerme. No soy quién para decidir, pero tu literatura me obliga con olor a ocre y púrpura. Necesito encogerme, de nuevo.

Cuanto más estrecho sea el espacio de la acción o del juego o del pensamiento, más ancho es el resto del mundo, es decir, el Mundo. Y merece siempre la pena encogerse, incluso hasta la inexistencia, para acrecentar así la maravilla del mundo.

La maravilla de Nostalgia.

Libro publicado por Impedimenta