‘Paraíso imperfecto’, de Juan Laborda Barceló

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MÁS QUE PALABRAS

La literatura es un arte en el que no solo puedes viajar sin gasto temporal ni económico —no me digan que el precio de un libro es abusivo, perdonen mi atrevimiento al afirmarlo—, sino que conoces personalidades de las letras sin haber cruzado una sola palabra con ellas. Los más afortunados, entre los que me incluyo, no solo conocen a algunas de esas importantes plumas, sino que, además, cruzan palabras nunca exentas de significado. Ya sea adoración, crítica o cortesía, pero es algo que no todos pueden disfrutar, y de ahí el concepto de fortuna. 

El ejemplo vivo de la anterior afirmación es Juan Laborda Barceló. Conocí literariamente a este escritor allá por el 2015, si no recuerdo mal, disfrutando de su segunda novela, La fragilidad del neón. Curioso devenir del afán lector, quise descubrir más y busqué, encontrando una versión desconocida para mí de un Laborda ensayista, batallando con los berberiscos, y sorprendiéndome un poco más en aquel estilo que ya conocía. Pero es ya con Paraíso imperfecto cuando se corroboran todas mis opiniones. Gran hallazgo, sin duda.

Un paraíso sin edén, pero con fruto prohibido

Todos buscamos un paraíso a lo largo de nuestra vida, pero nunca nos paramos a observar esos pequeños edenes que nos ofrece el día a día. Juan Laborda Barceló nos ofrece una lucha coral por aquellos paraísos personales en los que la venganza disfrazada de justicia, el deseo enmascarado de humillación y el hallazgo del zenit de la vida propia se convierten en árboles de frutos prohibidos dentro de una narración cuidada, de época —sensaciones que van y vienen, cada cual que divague y disfrute—, estacional por tiempo y lenguaje. Lenta, pero inmensa.

Odiaba vivir con miedo, pero se había acostumbrado a compartir sus horas con aquella íntima congoja. Nadie era partícipe de sus pesares. Siempre restaba algo que ocultar, algún error que podía costarle caro.

Muchos paraísos, pero todos independientes dentro de una coralidad narrativa, que convierten a Paraíso imperfecto en una novela para buscar el interior de uno mismo. Dividida en fragmentos muy breves, las diferentes tramas se unen en hilando las imperfecciones de una pedanía costera del levante español. Una cualquiera. Un paraíso convertido en escenario de crímenes encubiertos de corruptela; amores pasados que no retornan, por muchos frutos que se compartan de ese árbol pasional; venganzas sacrificadas por parentela descuidada, y burdeles con aroma a canela que incendian cualquier atisbo de perfección paradisíaca.

El lenguaje, arma de un solo filo

Al principio de la entrada mencionaba que descubrí la literatura de Laborda hace unos años, y que navegué junto a sus palabra en su ensayo bereber. Uno de los motivos por los que sigo leyendo a este gran artista de la pluma es su lenguaje. Y digo artista porque cuando te adentras en sus páginas, descubres que el lienzo no solo es en blanco y negro. Tiene colores cálidos que envuelven el alma —incluso en los momentos de la fría noche de la pedanía—, que disfrazan la vergüenza con latidos potentes. 

Los rayos de sol se filtraron nuevamente entre las puntiagudas ramas, como el día de autos, mientras un dolor agudo se le instalaba en el pecho. Era un tormento de esos que nacen de la impotencia más extrema. No sufría solo la pérdida física del amor, sino la rabia incandescente de no haber podido saltar al vacío. Fue apartada de la competición por un rayo justiciero y caprichoso antes de poder salir a jugar el partido de su vida.

La musicalidad, la metáfora bien empleada, a riesgo de resultar dulzona, convierte la literatura de Laborda en un remanso de paz que te integra dentro de la narración. Una musicalidad metafórica que no deja de lado la pasión del escritor por el séptimo arte. Las puntadas al cine, de culto siempre, son indicio de placer en lo que se hace. Por ello siempre Juan Laborda Barceló incluye los retoques del celuloide dentro del lienzo.

Se trataba de una proyección en un cine de verano situado donde ahora nacía una modernísima plaza abierta al mar. Allí descubrió junto a él los misterios del amor verdadero. Las aventuras de Westley y Buttercup quedarían grabadas, como un tatuaje candente de infantil nostalgia, en lo más sensible de su memoria.

William Goldman y Rob Reiner podrían cogerse de la mano, sí, pero la banda sonora a la narrativa viene de la mano de Juan Laborda Barceló.

Paraíso con todas las letras

La literatura de Juan Laborda Barceló nunca defrauda. Aire tranquilo, sosegado, acompasado en musicalidad pero intenso en tonalidad. Paraíso imperfecto demuestra —y me lo digo a mí mismo— que una narración puede ser trepidante sin parecerlo. Porque la fuerza del lenguaje se demuestra en lo que uno siente cuando lee una obra. Cuando se pone punto y final a una lectura, uno debe sentirse vacío. Vacío porque de la esencia de uno mismo, no queda nada. Queda solo una sensación de… Paraíso imperfecto. Y eso, queridos lectores, aunque parece contradictorio, es plenitud.