‘San, el libro de los milagros’, de Manuel Astur

MML LITERATURA

MÁS QUE PALABRAS

«Todo está ocurriendo en este momento y es igual de importante, lo único que varía es quién y por qué lo cuenta. Todo es un milagro». Manuel Astur ha transformado aquello que compone la vida misma en literatura y le ha puesto nombre a su creación: San, el libro de los milagros.

Manuel Astur ha transformado aquello que compone la vida misma en literatura y le ha puesto nombre a su creación: San, el libro de los milagros.

Solo me vienen preguntas a la mente: ¿Cómo empezar a hablar de una narración si sus palabras ya lo dicen todo? ¿Cómo pensar en una intención si es un todo intencionado? La literatura, muchas veces, sorprende mostrando todas sus caras, todos sus rostros, embaucando con su poesía encubierta y su melosa experiencia. Solo nos queda el tiempo, ese ser impersonal que permite deleitar a quien percibe merecedor de unas historias bien narradas. Tenemos todos el tiempo del mundo.

Vamos a hablar de narrativa, eso sí. También de intenciones. Propias, por supuesto. Sin conocer el valle del Neva, pero conociendo sus espíritus, esos que acompañan a Lino en su recorrido hacia la sonrisa, hacia la paz; en su admiración por esa sábana que cae dejando lagunas en las que la hija del Sol y de Roble se esconde del fuego. Vamos a conocer la historia, la de todos, porque es tuya, mía, de quien quiera poseerla. Solo un posible final: San, el libro de los milagros.

Dijo que quería aprender todas las historias del mundo para poder contárselas a quien las mereciera y vivir por siempre en ellas.

La tierra

Siempre es un placer viajar a través de las palabras. Más lo es si viajas al presente como pasajero de un vagón lleno de bucólicas estampas en las que predomina el verde, el óxido pasado y los hórreos que se arrodillan ante su admirado señor: el tiempo y la decadencia. No viajamos a un pasado, quizá a un futuro.

Sois y seréis los mismos: todos convencidos de ser únicos y mejores por el simple hecho de estar vivos. Seréis vuestros hijos creyéndose un montón de mentiras tecnológicas y seremos nuestros nietos friéndose el cerebro con drogas aún no inventadas.

La postal muestra una España vaciada, que no vacía, en la que los anclajes perduran en la barra de un bar de aldea, con los campesinos mofándose de sus propias burlas, de mazorcas secas y de vacas que siguen su libre albedrío mientras pastan el verde pienso de la atemporalidad. Manuel Astur cree en la tradición hecha verbo, en la costumbre convertida en rima poética y en sus gentes transformados en personajes, reales o no, que mantienen viva su preciosa literatura.

La leyenda

Una mezcla de realidad, magia, leyenda y música es la causante de que San, el libro de los milagros, pasee solitario por ese sendero de grava, cubierto de verde hierba por el paso del tiempo. Todo ese tiempo. Y que se convierta en esa voz que, alrededor del fuego ―en la mente de cada uno―, inunde nuestros sueños de aquello que ocurrió, quizá sí, posiblemente no, en un tiempo muy lejano pero cercano a aquel que lo cuenta.

Leyendas que pueden ser hechos, quién puede confirmar o desmentir la sabiduría popular. Quizá el Pando, a sus noventa años, y sentado con las manos apoyadas en su bastón. Quizá Lino, aunque huya de su propia creencia, de su propia tradición, de su propio miedo, que ha crecido tanto en años como en tamaño.

Dios no estaba en las estatuas de escayola que llenaban la pequeña iglesia de gestos crispados, llagas sangrantes y reproches. […] Tal vez. Seguramente sí. Pero, desde luego, no en la negra sotana; ni en el cuerpo blando, pálido y mortal que disfrazaba.

Hablan de realismo mágico. Me inclino más por rumores, historias de fuego de campamento que avivan el espíritu de lo que perdura, ese espíritu que reside en los troncos de los árboles, o de los que esperan en las piedras para cazar su próxima presa. Sea el espíritu que sea, la tierra y la leyenda van siempre de la mano. Y en este caso, han transformado todo en algo mágico. Es verdad. Realismo, no sé. Literatura mágica y eterna, sí.

El milagro

Decir que San, el libro de los milagros sea eso, un milagro, es algo pretencioso, o exagerado, más bien. Pero bien es cierto que, cuando te adentras en esos bosques de la Asturias rural, en esos edenes de avellanos, robles, riachuelos, y andando llegas a San Antolín, sin querer te ves delante de una puerta. Olegaria y Marcelino abren la puerta. Bruja e hijo, encienden la chimenea y te ofrecen unas galletas María Fontaneda y una sidra, y te presentan a Manuel Astur. Ese Manuel Astur que conoce bien cómo son y cómo presentar algo mágico como es la literatura:

La única verdad es un cuento que se escribe y reescribe en todo momento. Arrastramos la verdad, ignorantes, como un cometa ignora su estela. Un cuento que llevamos tanto tiempo contando y que esperamos seguir contando a nuestros nietos.

Libro publicado por Acantilado