‘Siempre hemos vivido en el castillo’, de Shirley Jackson

MML LITERATURA

MÁS QUE PALABRAS

La definen como «terror doméstico». Shirley Jackson ofrece otro tipo de terror: la perfección del género en una novela en la que los sustos están ausentes y el suspense reina en la casa de los Blackwood. «Deberían estar todos muertos».

El castillo como fortaleza personal

Intentando averiguar cómo empezar este artículo, le doy vueltas y vueltas al hecho de que el final de Siempre hemos vivido en el castillo me haya devuelto la tranquilidad y la fe en la literatura de género ―literario, por supuesto; aunque…― después de un viaje con el corazón en un puño. Y es que, aunque consideren la novela como «gótica» o de terror, más bien, a mi entender, es una lucha en pro de la supervivencia personal y emocional de una «mujer perfecta».

Dos caras de una misma moneda, dos hermanas que viven en la mansión familiar junto a su tío, aisladas del mundo social por previsión a no caer en las garras del odio. La autora denuncia una sumisión del ama de casa perfecta, en palabras de la independiente, salvaje y trastornada hermana pequeña, Merricat, a una sociedad marcada por el odio y la envidia:

Siempre pensaba en la putrefacción al acercarme a la hilera de tiendas; pensaba en quemar la podredumbre negra y dolorosa que lo corrompía todo desde dentro y tanto daño hacía. Eso era lo que deseaba para el pueblo

Mary Katherine Blackwood

La casa era su protección, aislados los tres de ese mundo corrompido por las gentes que llenaban el aire de malas sensaciones. Los aspectos mágicos introducidos para preservar esa seguridad interna ante el mundo exterior, no son sino elementos que amplifican ese terror al que se somete el lector mientras intenta averiguar si el azúcar que está vertiendo en su café lleva un poquito de arsénico.

Cinco elementos que dialogan

Se ha clasificado, como hemos dicho al principio, como terror doméstico. No es necesario, a mi entender, escenas terroríficas de sobresalto para crear algo tan excepcional como Siempre hemos vivido en el castillo y no dejar de integrarlo en el género. Solo unos personajes perfectos y una simple temática en la que todo se centre, es suficiente.

Dos hermanas y un tío que viven en la mansión familiar después de haber perdido a todo el resto de la familia en un envenenamiento sin autor ―del todo conocido― y odiados por el resto del pueblo. El grado de perfección en una de las hermanas confronta al trastorno sociópata de la otra, protegiéndose de no caer en un mundo sumiso y luchando por la supervivencia dentro de la libertad, de la independencia y de aquello que consideran hogar. Simplemente un poco de arsénico puede hacer que despierten en un castillo que tienen que defender del mal que acecha sus propias vidas.

Debemos girar la atención hacia Mary Katherine Blackwood, Merricat, el hilo del terror en toda la historia, la mujer casi lobo, la fuerza de lo sobrenatural que luchará por aislar de todo sufrimiento a su hermana Constance. Trastornada, infantil, casi la imagino con esos ojos dulces que se transforman en rayos penetrantes cuando entierra amuletos o maquina un hechizo en contra de todo aquel intruso que osa acercarse al castillo, y que, tras la tormenta, se convierte en una muñeca pecosa que quiere llevar con su caballo alado a su hermana a La Luna.

Tercer elemento: la figura masculina, a la que Shirley Jackson ridiculiza, desde mi punto de vista, hasta considerarlos demonios que hay que derrotar ―bien a base de «desear que esté muerto», bien con hechizos de destrucción― y que solo despiertan de su inutilidad ante la idea de hacerse ricos y manipular a la mujer. Sí, todos hemos pensado en el primo Charles.

Cuarto elemento: Esos habitantes del pueblo, grotescos, maleducados, ávidos de venganza ―sin afectarles lo más mínimo y sin razón alguna―, que destruyen la vida y de los que hay que proteger a capa y espada a Constance. Aún pienso que oigo sus voces chillonas, sobre todo la de los niños de los Harris:

Merricat, dijo Connie, ¿una taza de té querrás? / Oh, no, dijo Merricat, me envenenarás

los Harris

Porque, al final, la sola idea de saber quién envenenó a toda la familia Blackwood en aquella su última cena, es lo único que, si alrededor se teje un buen diálogo entre los otros cuatro elementos, es lo que necesitamos para saber que Shirley Jackson ha creado, con Siempre hemos vivido en el castillo, un terror perfecto.

Una lección literaria

Shirley Jackson no solo nos ofrece una lección en pro del feminismo de los años 60, denunciando con este terror doméstico la figura de la sumisión en el ama de casa perfecta y su lucha por hacer valer su poder. También nos pone delante la figura del buen escritor, del buen narrador de historias, ya sean de terror, moralistas, de hadas, con castillos, princesas o príncipes. No solo nos demuestra todo lo que fue capaz de hacer con una pluma, sino que nos ofrece vivir nuestro propio cuento ―cada uno es libre de elegir el género― y vivirlo en nuestro propio castillo: nuestra propia Luna. «Y probablemente tenga razón, pero yo deseo que esté muerto».