‘Un misterio en París’, de Gaston Leroux

MML LITERATURA

MÁS QUE PALABRAS

Quizá Leroux no supere a los «Conan Doyle» de la época, pero sus investigaciones ―o las de Rouletabille― van más allá del puro misterio. Un misterio en París aboga por el sentimiento, por la pasión, por la dulce narración y por una argumentación bien cuidada. Amor, política, crimen y belleza. La diferencia está servida. Vale la pena rescatar a los polvorientos genios.

Un misterio en París. El crimen de Rouletabille, publicado por dÉpoca editorial, pone el broche de oro a la saga de misterios protagonizados por este periodista y detective francés.

Últimamente me sorprendo a mí mismo. Dedicado a la narrativa ―esto de los géneros me supera cada vez más, ya no sé si hablo de un young adult o un adult young―, he descubierto que me sigue apasionando la novela de misterio. Más si al autor en cuestión le picó el gusanillo de esto de las letras con Hugo o Dumas. No sé de las aficiones de otros, y he de agradecer a Juan Mari Barasorda esas pinceladas detalladas que me ha ofrecido, tan claras a la par que apasionantes. Hugo o Dumas, grandes. La belleza literaria está, prácticamente, asegurada.

Acostumbrado a los hard-boiled americanos de mitad del XX, con algún contemporáneo europeo y poco más, entregarme a la más delicada noir francesa ha sido el placer sublime que cualquier lector anhela. Cuando la elegancia narrativa llama a la puerta de tu mente, descorchas el mejor vino y te dedicas a presenciar, desde el palco más cercano al escenario, todos los actos que la obra ansía interpretar. Misterio, amor, caracteres fuertes, personalidades que engañan, intereses políticos… y «¡el eterno femenino!».

El misterio perfecto

Digo perfecto porque, sencillamente, lo es. Gaston Leroux ofrece un enlace de situaciones, de actos y de pensamientos que hacen de Un misterio en París la lectura perfecta para los amantes del noir. Ya no hablamos de comparativas con Holmes, siempre han sido odiosas, sino que percibimos esos toques «afrancesados» del lenguaje bohemio, musical y casi agradablemente pedante al mismo tiempo que la ansiedad psicológica va haciéndose un hueco entre los personajes. Personajes que terminas amando ―odiando los que menos, me atrevo a decir que ninguno―, incluso con los celos por bandera.

Encontramos sutilmente ingredientes que componen la receta deliciosa de la buena literatura. Solo la manera de narrar del querido Sainclair ya te introduce de lleno en el pastel. Un periodista que, después de El misterio del cuarto amarillo, se ha metido a la audiencia en el bolsillo y se ha ganado la simpatía por aquellos que buscan la verdad de un crimen. Y si conoces a Josephin tan bien como su amado amigo, las palabras lo resumen todo:

Rouletabille, en cambio, era el de siempre. Se hacía preciso esperar a que terminara de poner en orden en su cabeza una serie de pequeños detalles ―nimios en apariencia― antes de concedernos el privilegio de dirigir su atención sobre cuestiones capitales. ¡Cuántas veces había exasperado nuestra paciencia, sin importarle lo más mínimo! Sin embargo, aquel método le permitía presentarse ante el resto de protagonistas del drama con argumentos que nadie sospechaba, y adjudicarse, ante las mentiras de algunos o la necedad general, sensacionales victorias.

¿No es precioso… y preciso? Un misterio en París te traslada a la investigación manipulada bajo los efectos del interés político ―hablamos de 1921, no de la actualidad―, a la verdad a través de las mentiras, al amor incondicional de un esposo por su amada esposa y al engaño que flirtea bajo fajos de billetes y coches-cama que espían mientras duermes. Pero, queridos lectores, las mentiras tienen las patas muy cortas, y el tiempo pone todo en su sitio.

La única diferencia es que mis pruebas eran más falsas que las suyas y, tal vez por eso, hayan tenido éxito.

El eterno femenino

Es cierto. Un misterio en París narra una investigación sobre un crimen. Intereses policiales y políticos, manipulación… Sí. Pero no hay como trasladarse a la ciudad del amor para percibir ese aroma que hipnotiza. Una prueba de ello es el tema argumentativo más bello que he leído en un noir: el sentimiento humano por otra persona. El amor y todas sus consecuencias. Hay que tener en cuenta la época en la que se escribió la novela, los pensamientos y la situación. El hecho de que sea el Watson de Rouletabille quien narre la historia es un arma blanca muy afilada.

… para dar a conocer ―con todos sus insospechados detalles― este impactante caso conocido como El crimen de Rouletabille, una oscura tragedia envuelta en espantosas tinieblas y en cuyo umbral aparece el dulce monstruo con cabeza de esfinge: ¡el eterno femenino!

El paralelismo que encontramos entre la belleza de la narración, la galantería de la época y la visión que ofrece al lector del papel femenino en la historia es la excelencia hecha palabras. La mujer tiene el papel protagonista ―dejemos descansar a Rouletabille―, con su amor pasional, su sumisión por el amado y su juego de roles para conseguir su propósito. Gaston Leroux nos presenta un abanico de perfiles muy bien definidos respecto a las protagonistas femeninas, cada una en un papel extraordinario y a las que amas incondicionalmente ―sin excepción―. Incluso si te destrozan emocionalmente.

No hay cera más caliente que, al enfriarse, se vuelva más sólida que el beso de una mujer sobre los párpados… ¡y he aquí las célebres lacras! ¡La dama podrá pasearse tranquilamente a la luz del día, que el otro no verá ni gota! Por más que uno se llame Rouletabille, por más que uno camine por la recta senda de la razón, caerá como el resto en el mismo pozo, al fondo del cual hallará su honor hecho trizas y su hogar convertido en cenizas.

Tenemos en cuenta que nuestro ya íntimo Sinclair acaba de sufrir una traición amorosa, no es más que un punto de vista sobre aquello que se nos viene encima. El amor incondicional por su querido amigo nos enseñará la faceta más humana de nuestro amado protagonista. El amor de un marido que es correspondido por su esposa; la amiga que quiere salvar el matrimonio, aun a riesgo de sufrir como nunca; los celos, ese demonio sentimental que arde donde quiera que esté. Y la femme fatale de turno, manipuladora, calculadora como nexo entre el misterio en sí y el trasfondo psicológico de toda la trama.

La belleza del misterio

Hemos hablado mucho de belleza, de amor. También de misterio, de intereses ocultos. Quisiera hablar de sensaciones, pero solo tengo una: Un misterio en París es la maravilla del clásico noir convertida en papel. Habrá mejores, no lo dudo. Quizá Gaston Leroux sea el gran (casi) olvidado de un tipo de literatura en el que parece que Doyle tenga la única llave. He descubierto una pluma muy certera, elegante, «bohemia», de precisión en su vocabulario y con clase. A pesar de cumplir su primer centenario, Un misterio en París ha supuesto un soplo de aire fresco a mi faceta de lector. Suelo terminar con una cita del libro; en este caso, la cita que engloba todo lo que representa la obra de Leroux, lo que plasma su belleza, su elegancia, su perfección literaria, tiene cuatro palabras: Un misterio en París.

Libro publicado por dÉpoca Editorial