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Una 'Inocencia' Shakespeariana
Por Rubén Soriano Soriano Publicado en en 11 abril, 2021
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Casi a los 70 años, Penelope Fitzgerald decide cambiar de tercio en su literatura y dejar de escribir ficción relacionada directamente con su vida. En varias entrevistas consideró la decisión como una vía de escape, «un viaje para salir de mí misma». Es, desde este momento, y emulando su admirada Charlotte Mew en su poesía, cuando vemos las profundas convicciones de Penelope transformadas en narrativa basada en momentos de la historia y personificadas en los principales caracteres de sus novelas. Las considera «tragicomedias» ya que todas sugieren un aire cómico al drama que dibuja en todas ellas sobre las dificultades, las injusticias, los fracasos de todos esos «exterminados».

La primera de estas novelas la escribiría en 1986. Aunque se barajaron varios títulos, al final se decantaron por Inocencia (Impedimenta, 2013). “Felicidad”, aunque también hubiera podido ser “Infelicidad”, fueron los títulos que pudieron ser, ambos apropiados, de todas formas. Fitzgerald, hablando de Inocencia, afirmó que el argumento se basaba, realmente, en la premisa de «qué gran error es intentar hacer que otras personas sean felices».

En ningún momento hablaron de su felicidad, no era necesario porque la felicidad se podía sentir y se podía ver y parecía vibrar nerviosamente en el aire que había entre ellos.
Inocencia
'Inocencia' (Impedimenta), nos muestra el error de la humanidad al intentar hacer de la felicidad algo impuesto sin contar con la vida.

Las palabras de Fitzgerald hablando del significado de Inocencia tienen su base desde el inicio de la novela. La leyenda con la que comienza muestra un deseo de concienciación y de ayudar a sobrellevar una vida llena de obstáculos a aquellos que, se presupone, van a sufrir —bien por incapacidad intelectual, por malformaciones físicas o por rasgos diferenciados—. Ese principio no abandonará el hilo argumental en ningún momento, extrapolando al sentimiento interno de los protagonistas esa preocupación por evitar la vulnerabilidad personal y el sufrimiento emocional. La debilidad en el ser humano como impedimento para conseguir el bienestar de uno mismo —bien sea por azar, por la crueldad de la vida real— es uno de los focos principales en la literatura de Penelope Fitzgerald,

Yo te estoy hablando de la posibilidad de servirnos de nuestra propia voluntad para salir de la cárcel en que vivimos. Todos estamos encerrados en nuestras propias prisiones, creadas por nosotros mismos, y corremos el grave peligro de olvidar que es eso lo que son.
Inocencia

Esta lucha interna viene acompañada de la caracterización tan dispar de los personajes. Como es habitual en las novelas de Fitzgerald, la coralidad abarca toda una variación excepcional de personalidad, tomando como protagonista la interpretación en la vida una educación definida por la confrontación entre la tradición y la evolución. Todo en la literatura de Penelope Fitzgerald tiene un motivo, muchas veces oculto detrás de ese detallismo exhaustivo en la ficción narrativa. Chiara y Salvatore vienen de dos familias muy distintas, la aristocracia rancia anclada en la Italia de principios de siglo por una parte, y la imagen del mirar hacia el futuro tras años de guerra y totalitarismo por otra. Un encuentro casual provocará el desmoronamiento de ideales en el pensamiento de los dos protagonistas y desencadenará esa lucha de la que hablábamos anteriormente. Norte y sur de Italia batallan por una sociedad de clases que se resigna a desaparecer —hablamos de una Italia de la posguerra, en la que las tradiciones, tras un dictador y una ocupación, siguen intentando tapar todas las dificultades sociales—. Inocencia es la metáfora de la pérdida de rumbo, de la madurez forzada tras una protección ciega, y una imposición encubierta de limitación de libertades. Es el duro camino hacia esa felicidad libre de valores ajenos y un aprendizaje del sentido de la vida misma, descubierta a base de golpes, más emocionales que físicos.

—Desde luego. La inteligencia es la maldición de la historia de la humanidad —dijo Salvatore—. Siempre sucede lo mismo; la gente común es la que se encarga de hacer las cosas: los soldados romanos, los primeros cristianos… Da lo mismo. Luego, cuando ellos ya han hecho lo más difícil, aparecen los intelectuales, dispuestos a intervenir, y después de ellos, llegan los propagandistas.
Inocencia

Hablamos siempre de personajes en las novelas de Fitzgerald porque son uno de los pilares básicos en su literatura. La concienciación, a lo largo de su vida, por esa humanidad devastada socialmente está presente en cada párrafo que escribe. Sabemos que Penelope no deja nada al azar y la carga de fracaso encubierto es muy importante. La desesperación de Chiara y de Salvatore para afianzar ese amor —sincero y difícil—, la locura de una tía, excéntrica pero que ama cuidar a los bebés y a las ancianas, el tío jerarquizado religiosamente, el padre admirador de Gramsci, el silencioso y paciente primo, la amiga del internado que refleja la visión de una Italia envuelta en indecisión… son elementos básicos para entender una literatura llena de denuncia —digamos personal—, de puras convicciones y de creer que, aunque muy débil, aún hay un rayo de esperanza. La vida es cruel, muchas veces, y más para todos esos «exterminados», y que Penelope Fitzgerald, con una gran maestría, incluye en el argumento de Inocencia con el nombre de «neuralgia», quizá para resaltar esa especie de locura y todos esos obstáculos que perciben día tras día.

Adaptación para MML de 'Inocencia'
—Señores —comenzó el profesor Landino con una sonrisa que daba a entender que había visto a las mujeres estudiantes de la sala, pero que ya era demasiado viejo para aprender nuevas fórmulas—, no en vano se asocia la neuralgia a los artistas, a las personas sensibles y a los degenerados. —Hizo una pausa tras haber pronunciado estas últimas palabras con una entonación similar, como si artistas, personas sensibles y degenerados fueran la misma cosa—. Se define la neuralgia como aquel dolor cuyo origen no resulta claramente identificable.
Inocencia

Inocencia puede considerarse, perfectamente, una «tragifarsa», como ella solía clasificar sus novelas, al estilo shakespeariano. Presenciar el día a día de todos los personajes, la variedad y la excentricidad, en cierta medida, de cada uno de ellos, los saltos en el tiempo, nos conduce a una complejidad de comprensión muchas veces paliada por esa perfecta integración del detallismo. Penelope Fitzgerald consideraba Italia algo hermoso; su interés por el arte, su paisaje, su cultura, eran admirados en gran medida, como cada lugar que visitó durante su vida, además de acercarle de nuevo a sus admirados Ruskin o Burne-Jones por su admiración por el arte renacentista —corriente prerrafaelita—. Italia provocaba en Mops sentimientos encontrados: desde su luna de miel hasta el viaje que hizo tras la muerte de su marido, Penelope quiso enfocar todo aquello que sentía de relevante importancia en una historia en la que plasmara un cambio. Italia estaba sumida en ese mismo cambio. Quizá sea ese el motivo por el que el lector, mientras pasea por las páginas de Inocencia, observe una historia propia, una especie de realidad ficcionada en la que el cuidado de las palabras, el significado de las imágenes y la construcción de cada uno de los personajes edifican la argumentación completa de la novela.

Podemos observar perfectamente, como meros ejemplos, dos detalles que ilustran elegantemente ese detallismo. El nombre de la calle de la residencia de la familia, «Limbo» —antiguamente se creía que era donde iba el espíritu de un niño cuando moría—, o el de la casa de campo, «Ricordanza» —Italia estaba en esa especie de limbo, en pleno proceso de cambio, y no debería olvidar todas las penurias que había pasado— no son nombres casuales. Todo tiene un porqué en su literatura.

Bien es cierto que Penelope Fitzgerald había dejado atrás ya los escritos basados en si experiencia vital. Pero hay unos detalles que no podemos obviar en Inocencia —ni en las tres novelas que le seguirán—: la presencia de una educación, de unos valores y de unos principios a los que Penelope Fitzgerald nunca abandonó en toda su vida y, menos aún, en su literatura. Es, como bien dice en Inocencia, igual que la esencia del limonero.

En lo que respecta al linaje o la raza, hay que recordar que, en palabras de Maquiavelo, la Naturaleza implanta en todo una energía oculta que aporta su esencia a lo que de ella brota, haciéndolo similar a sí misma. Podemos descubrir la gran verdad de estas palabras en el propio limonero, cuya más insignificante ramita, aun en el caso de que el árbol tenga la mala fortuna de revelarse infecundo, sigue manteniendo la fragancia que constituye el alma del limón.
Inocencia
Los personajes en El inicio de la primavera
Siguiendo el camino

Penelope Fitzgerald


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