‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Ţîbuleac

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Un lenguaje directo, de los que una madre no debería soportar, de los que un hijo debería conocer. Una angustia, un miedo, un odio… una ausencia. Días cálidos, de lluvia, de verano; una bicicleta y salchichas caducadas. Un nombre: Tatiana Ţîbuleac. La vida de Aleksy solo tiene un recuerdo: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Ţîbuleac, publicado por Editorial Impedimenta, una de las grandes obras de la literatura universal contemporánea

Vamos a hablar de una historia. No hay príncipes, princesas, hermanastras ni reinos mágicos enmarcados en bosques de color de rosa. Hay cuadros pintados llenos de realismo abstracto, de parajes cálidos y figuras huesudas, decadentes en el tiempo. También hay ciruelos, panaderas simpáticas y un Spar con salchichas caducadas. Pero aquí, lo único caduco es el tiempo que queda. El tiempo que queda para odiar y ser amado, para convertirte en madre y transformarte en un hijo. Un principio y un final. Sobre todo, un principio:

Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento.

El odio

Dicen que entre el amor y el odio hay una línea muy fina. Ellos son los expertos, habrá que creerles. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes ejemplifica la visión del yo incómodo, amargado, el individuo hastiado de él mismo. No porque esté enfermo ―si queréis definirlo como loco, estáis en vuestro derecho―, sino porque la enfermedad le ha guiñado un ojo y le ha declarado su amor. Tatiana Ţîbuleac ofrece un mensaje dentro de la botella, un grito de dolor que recubre el corazón débil del verdadero Aleksy.

Cuando salí del baño, húmedo y asustado, había perdido la guerra. Mi odio hacia mi madre, aunque no había desaparecido del todo, se había secado y lo cubría una costra, como la costra que cubre en tres días todas las heridas de las personas y en un solo día la de los perros.

Traspasar la línea existente entre el odio y el amor, por muy fina que sea, es tarea difícil, incluso para un perro. La brevedad de la que Tatiana Ţîbuleac hace uso en su narrativa es de proporcionalidad inversa a la intensidad con la que el lector fija sus ojos en la semántica verbal de cada una de las escenas. No puedes pasar por alto el miedo al sentir la irrealidad personal, ese terror a que esa angustia termine y la cordura y el amor gobiernen en coalición con la tristeza de perder lo único que se tiene.

La evolución

Siempre hay un motivo. Nunca permanecemos estáticos. Evolucionamos según los momentos que el destino nos depara en la vida. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes evoluciona no solo en tiempo, sino en sinceridad, sobre todo. Puedo adorar la literatura de Tatiana Ţîbuleac no solo por su firmeza a la hora de escribir, sin titubeos; adoro su sinceridad, el plasmar sin dulcificar una realidad pasada llena de padres borrachos, madres deprimidas y pérdidas sin sentido. Un estado llamado «locura» que trasmite amor por las palabras, por los hechos, y por el mismo Aleksy, ese personaje al que amas odiándolo.

En nuestra situación, ¿a quién le preocupaba la salud? Un cuerpo devorado por el cáncer y un cerebro enfermo. Aquel año me autodestruí mucho más que el resto de los años y, sin embargo, nunca estuve más lleno de vida. Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, por fin, una familia.

Ese era el problema. La dureza del lenguaje evoluciona en paralelo a la evolución de nuestro amado hijo «pródigo». La narración pasa de abarrotarse de «pentágonos» ―viajes alternativos― a llenar el paisaje de girasoles, conchas de mar… y de una madre. Sí, de una madre. Es impresionante, de admirar hasta saciarse, la sutileza de Tatiana Ţîbuleac a la hora de llevarnos a su terreno, donde quiere que finalicemos el viaje. No es la última página. Es su literatura la que está sosteniendo la pancarta de llegada.

¿Qué vamos a recordar?

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es un diario donde se narran historias basadas íntimas persecuciones al miedo, a la soledad, a la pérdida. No dejo de pensar en ello. Del gris oscuro al amarillo del sol de agosto. Todo un abanico de sentimientos, eso es lo que Tatiana Ţîbuleac ha provisto para mí. Pero, sobre todo, unos ojos verdes. La esperanza.

Así como Mika fue ese punto de partida para Aleksy, hasta el punto de desear formar parte de esa desgracia, la parálisis ante semejante obra literaria ha sido mi inicio y mi final. Pensando esta misma frase, apoyado el codo sobre la mesa, con el puño desgastándome la mejilla, intento decidir qué no recordaré de esta maravilla de la literatura.

Aleksy, ¿cómo vas a recordarme? ―me preguntó de repente, como un pájaro recién decapitado que todavía aleteara―. Dime qué es lo que más vas a echar de menos.

Libro publicado por Editorial Impedimenta