‘Y entonces volaron’, de Juan Laborda Barceló

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MÁS QUE PALABRAS

«Lo que vino después no fue vacío, o quizá sí. La ensoñación y el vértigo. Las imágenes tan vivas como si el pasado fuera ahora. Desperté azorado en un letargo en el que no había cerrado los ojos y del que no podía desprenderme. Traía el aroma de los veinte años pegado a la piel. Droga dura. Imposible detener su influjo». Era el pasado, su presente. Miedos disfrazados, disfraces vestidos de recuerdos. Y entonces volaron.

Y entonces volaron, de Juan Laborda Barceló, publicada por Huso Editorial, la más intimista hasta el momento.

Me encuentro observando una página en la que se difuminan las siluetas de unas hojas caídas como lecho de señales direccionales en todos los sentidos. El té sabe bien a esta hora de la tarde. Pienso en esa sorpresa que te regala, de vez en cuando, la literatura. Cuando sentí el tacto de las primeras palabras de Y entonces volaron supe, en grado certero, que Juan Laborda Barceló iba a ser, una vez más, maestro ilusionista actuando con su mejor número: la narración.

Volar siempre es algo esperado en una buena narrativa, más si te permite observar todo aquello que conforma la vida misma desde una perspectiva representada por el todo. Trasladarte a esa Caja de Cerillas ―o Galerías Preciados, a gusto del consumidor― es sinónimo de lanzarte al abismo aquel al que un profesor de historia se aferra a sus paredes, queriendo volar sin alas. O con ellas, nunca se sabe si merece la pena flotar o dirigir ese mundo que creemos mejor.

El alto verdoso del metro de Ciudad Universitaria

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.

Gil de Biedma

No es una frase que nos acompañe todo el día. Solo cuando nos sentamos con una taza de té ―café, si se prefiere― humeante y observamos aquello que hemos vivido y que hace que fijes la mirada en el horizonte creado por unas palabras, negro sobre blanco. Esa es la sensación. Todos somos un profesor de historia que recuerda qué le dio miedo. Qué le da miedo. Aquello que le hace sonreír, aquello que aún le hace soñar. Los días que no eran solo días, sino lecciones de humildad, de vida, de hombre.

Juan Laborda Barceló ofrece un regreso al interior de uno mismo plasmado en recuerdos, en ese «fracasa bien» que aúpa temores de inocencia, superación y orgullo. Con un lenguaje buscado, sin prefijos, concentra la atención del lector convirtiéndole en protagonista. Siempre consigue sorprenderme: leer esta novela ―yo lo veo más como prosa ensayística― ha significado que el autor vuelva a pedirme que sea yo el anfitrión. Curioso el hecho de leer tus propios recuerdos en pluma ajena mientras la noche invita a caer en el sueño del recuerdo.

De hecho, aún podemos sentir, si nos paramos, cerramos los ojos y nos dejamos llevar por la marea de lo interno, cómo eran aquellas concepciones, aquellas ideas descabelladas que regían un universo inconexo y maravilloso, donde la razón se veía sustituida por el color.

Apocalypse Now

Cierto que el cine es parte de Y entonces volaron. No sería Juan, entonces. Como en una superproducción cinematográfica, el viaje a través de la gran pantalla donde se proyecta esta obra se concentra en escenas (in)conexas del pasado lejano y cercano, creando un todo específico. La niñez, las historias familiares, sus días de universitario ―melena al viento―, sus fracasos literarios y amorosos, el profesor de Historia fragmenta su pasado y reparte cicatrices por todo su yo interno.

Las referencias al séptimo arte aportan ese aire de individuo cultivado en derrotas, en logros y en vivencias. Igual que el padre primerizo siente el terror de lo nuevo, acercarse a ese abismo de la vida misma provoca que se cree un escudo ante todo aquello que ataca la sensación de seguridad en uno mismo que, sin ser conscientes, ya había sido derrotada cuando abandonamos la niñez. Esas referencias son precisas, acertadas, como queramos calificar. Al igual que a ese profesor de Historia todas estas escenas le trasladan a su película.

He visto un caracol, se deslizaba por el filo de una navaja. Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja y sobrevivir.

Apocalypse Now
Todos alzamos el vuelo

Juan Laborda Barceló ofrece algo más que una narración en forma de pequeños bocados. Unos gustarán más, otros menos. Y entonces volaron muestra mucho más que un profesor de Historia asomado a un precipicio hacia un abismo de recuerdos, que se paraliza en esa atalaya del pasado y del que, quizá, no quiera moverse. Recuerdo a ese Panero, esa conciencia que manipulaba los instintos básicos de aceleración orgullosa adolescente y primeriza en el arte de las letras. Siempre errando. «Fracasando bien». Y lo hizo bien, aquí tenemos la muestra.

Leer este tipo de literatura crea sensaciones en las que no reparamos habitualmente. Juan Laborda Barceló consigue que el lector, al adentrarse en ese abismo, al asomarse a ese precipicio al que ese profesor de Historia se ve abocado, reciba una paz que le encierra en una espiral, en un aura de (in)tranquilidad viciosa de la que no quiere evadirse. Solo al leer las palabras de Y entonces volaron podemos apreciar el verdadero significado de esta película rubricada en negro sobre blanco y que volará por su cuenta.

Aquellas lecturas eran buenas para ese tiempo de formación inicial, pues abundaban, sobre todo, en la construcción de un imaginario común con el ser admirado. Un imaginario que, alimentado con letras, voluntad y tiempo, acabará volando por su cuenta.

Libro publicado por Huso Editorial